Durante muchos años hubo dos Europas. La del norte, protestante, luterana y calvinista, que entendía que el éxito se hacía a través del esfuerzo. Fueron países como Noruega, Suecia o Alemania. Era una oda a la cultura del esfuerzo. Luego existía “otra” Europa, la latina, la católica, más relativista, que todo se podía dejar para “mañana”. España, Italia, Portugal y Grecia vivían en ese rubro. El norte era rico; el sur, menos. El norte próspero; el sur, que vivía bajo los auspicios de sus vecinos norteños.
Todo aquello terminó. Aquella Europa de dos velocidades empezó a caer y se emparejó. Tanto así que hoy vivimos en una realidad completamente distinta. Alemania, que ha sido el gran motor europeo, no termina de crecer. Francia, con sus huelgas y problemas políticos internos, ha retrocedido. Italia y Portugal bajan sus impuestos. La España del populista Pedro Sánchez los sube. Lo mismo Países Bajos. Todo ello hace que la economía europea se haya comprimido. Aplaudimos crecimientos del uno o del dos por ciento. Y eso solamente conduce, cada vez más, a la irrelevancia.
Es cierto que la economía global se ha contraído. El gigante amarillo, China, creció durante muchos años en dos dígitos. Hoy su crecimiento es mucho menor.
La economía global se estanca; sin embargo, la de Europa mucho más. Una Europa corta en crecimiento y grande en problemas políticos, sociales y de inmigración. Cada vez, el Viejo Continente, que alguna vez fue grande, hoy se ha hecho chico.
@pelaez_alberto
