Tiene cara de perrito pepón; sus mofletes, caídos por la edad, le dan un aspecto de cansancio y de bonhomía. Pero de bonhomía tiene poco.
Su mirada parece lejanamente triste y fría. Si no supiéramos las atrocidades que ha cometido, podríamos incluso pensar que es buena gente.
Es Benjamín Netanyahu. En él se esconde una perversión que parece no tener límites. Y lo malo es que está llevando al baile al resto de los ciudadanos israelíes. Los hemos metido en el mismo saco, y no es un acto de justicia.
El fantasma antijudío que está recorriendo el planeta no es la mejor carta de presentación. Los ciudadanos israelíes son mucho más grandes que los políticos y, por supuesto, más que Netanyahu; por eso no se les puede meter en la misma ecuación.
Sobre Benjamín Netanyahu pesa el genocidio en Gaza. No puede ser la ley del talión: ojo por ojo, diente por diente. El problema es que Netanyahu lo maximizó a unas dimensiones colosales. Al final creó un acto de genocidio que alguna vez debería ser juzgado.
También sobre Netanyahu pesan sus socios de la ultraderecha; se trata de ultranacionalistas radicales que le están dictando cómo gobernar y cómo actuar. Por eso Netanyahu tampoco tuvo opción ni en Gaza ni en el sur del Líbano.
Finalmente, sobre Netanyahu pesan varios casos de corrupción a los que tendrá que someterse en algún momento. Pero mientras el caos impere, todo eso quedará opacado.
Netanyahu, además, va por libre; hasta el mismo presidente estadounidense, Donald Trump, ha dicho que está loco. La comunidad internacional, encabezada por Trump, insiste en la paz. Netanyahu la sigue neutralizando con los constantes bombardeos hacia el sur del Líbano y a la Franja de Gaza. Según Netanyahu —y me parece coherente—, para acabar con los últimos reductos de Hezbolá y de Hamás. Sin embargo, más allá de eso hay otros planes. Acuérdense, si no, de la Gran Israel y su magnífica expansión.
Todo esto lo veremos más temprano que tarde.
@pelaez_alberto
