La visita de León XIV a España no ha sido cualquier visita. Su Santidad ha venido con varios mensajes.

En primer lugar, la devoción con la que fue recibido ha servido para atestiguar la cristiandad española más allá de la Constitución que establece que España es un país aconfesional. La devoción en las calles, en los estadios de fútbol, en los macro eventos dedicados al Papa, han sido incontestables. Las iglesias repletas de jóvenes en oración y en plena vigilia nos han recordado que no debemos separarnos del camino que la fe ha otorgado. Para aquellos que no la quieran que puedan encontrar ese camino.

En la última parte del viaje, en las islas Canarias, su Santidad ha recordado un drama que avergüenza a todos los europeos, la inmigración de tantas personas que vienen buscando un mundo mejor y que en sus países de origen ya no tienen nada que perder –más que la vida– y que tienen que embarcarse en frágiles barcazas buscando ese mundo mejor. Esas embarcaciones, que muchas veces zozobran y que hacen del océano ese inmenso cementerio sin lápidas como el propio León XIV ha dicho.

Desde que llegó León XIV al papado, este ha sabido alzar la voz desde el silencio contra aquellos que proclaman con estridencia e histrionismo el olor y la viveza de la guerra. León XIV, desde ese mismo silencio ha sabido convertirse en el gran diplomático de la paz. Esa que pretende unir a todos desde la propia fe.

En uno de los muchos eventos, en el Madrid Arena, habló el actor español Antonio Banderas, en un cálido mensaje de nueve minutos Banderas le recordó al Santo Padre que se encontraba en España para poner en escena la obra Góspel, el hechizo de Dios. Banderas se confesó víctima del hechizo de Dios, como tantos millones de feligreses impulsados por la propia fe de León XIV.

 

    @pelaez_alberto