Cuando Alexis de Tocqueville, un funcionario y aristócrata francés que visitó la joven democracia en Estados Unidos en 1831, comparó la energía democrática en dicho país -la ebullición cívica en el nivel local, una prensa libre y la cohesión social a través de “hábitos del corazón”, es decir, de reglas no escritas que gobiernan la vida comunitaria- con el peligro del individualismo, el joven político vislumbró un nuevo tipo de despotismo, que calificó como “blando”. Se trata de un régimen parasitario que se alimenta de la democracia, debilitándola hasta convertirla en mera carcasa. Al caer difunta, el nuevo despotismo se viste con la piel e insignias democráticas, creando un juego de sombras que ofrece un rostro digno y solícito, preocupado y casi maternal, al tiempo que oculta su voluntad de poder, su desprecio por la democracia y sus instituciones.
El pueblo asiste gustoso al espectáculo público de Dorian Gray, olvidando por momentos que, en la penumbra y protegido contra miradas curiosas, descansa el retrato deforme, el verdadero rostro de aquel a quien se adula.
Mientras el despotismo autoritario utiliza las armas, la coacción y el silenciamiento de la oposición como instrumentos de control popular, el despotismo blando habla con una lengua democrática, cantando sus himnos y mantras bajo el entendimiento de que se trata solamente de una simulación, una vulgar pantomima.
El pueblo no es silenciado, sino desactivado; sus energías son nulificadas ya por la artificial identificación del líder con el “sentir nacional” o con “la voz del pueblo” -de un pueblo, valga decir, que nunca sale a escena, que nunca se materializa-, ya por el progresivo debilitamiento de las fuerzas democráticas, originalmente localizadas en la ciudadanía, y su desviación hacia intereses privados. Así, el ciudadano es ingeniosamente transformado en individuo, la ciudadanía, en masa y ambos, en nada más que la representación lúdica de un poder que fue. Es éste, y no el totalitarismo, el verdadero peligro que el mundo enfrenta hoy.
El despotismo blando juega con los medios de comunicación, violentando a la prensa libre a través de la multiplicación de fake news; con la voluntad popular, transformándola ya no en fuente de legitimidad, sino en mudo sello de calidad al calce del voluntarismo del demagogo; y con las instituciones, trayéndolas al frente o hundiéndolas en la ignominia conforme el interés privado lo requiera.
La época presente -permitámonos usar esta idea de Kierkegaard, quizá en el momento de su mayor actualidad- se perfila como un reino de populismos. México no es pionero ni excepción. El resquebrajamiento del orden que triunfó con la caída del muro de Berlín en 1989 comenzó, a decir de algunos analistas, con los ataques terroristas del 9/11. Estados Unidos enfrenta hoy una guerra civil que, en muchos sentidos, no es sino el recrudecimiento de viejas heridas, viejos prejuicios y viejas ofensas.
El reino de Trump, su populismo de derecha, muestra que incluso la nación que dio a luz la democracia moderna puede verse reducida a la teatralidad del despotismo blando. La crisis, como todas las crisis auténticamente democráticas, es una crisis de ciudadanía. Lo que comienza como anomia, desidia y abandono de los espacios públicos, termina con instituciones secuestradas por intereses privados, sean aquéllos de los grandes capitales, la milicia o la megalomanía del dictador. Insistamos, la crisis es originalmente un trueque: las libertades ciudadanas son cedidas por el plato de lentejas del placer y consumo individualista. Este nuevo Esaú olvida que la responsabilidad cívica, la participación activa en la vida de la nación a través de asociaciones en el nivel local es la condición de posibilidad de las libertades económicas; en una palabra, que sin democracia los mercados se enrarecen, volviéndose contra los ciudadanos.
Venezuela aparece como la más terrible, la más desquiciada manifestación de la voluntad de poder, de la voluntad de voluntad. Ya no despotismo blando, sino abierta tiranía. Venezuela es hoy recordatorio de lo que ocurre cuando el traje democrático del demagogo cae al suelo, dejándolo desnudo; cuando la piel de oveja democrática es intercambiada por el pelaje erizado del depredador sediento de sangre. El país latinoamericano es hoy apenas un cascarón: miles de sus ciudadanos han abandonado su patria, dejando atrás familia, hogar y trabajo. Quienes se quedaron son lastimosamente olvidados, hechos de lado; son los pobres de los pobres quienes terminan pagando los pecados de las naciones.
México está por iniciar un nuevo sexenio. Muchos lanzan ya heraldos desmañanados comparando nuestro país con el país que sufrió bajo Hugo Chávez. En el fondo, sin embargo, lo único que emerge hoy es la decisión que la ciudadanía mexicana está aún por tomar. Al menos dos estrategias se vislumbran. En Estados Unidos, los opositores de Trump se han plantado de frente contra el desquiciado magnate; no han abandonado sus hogares, ni cerrado sus comercios: atrincherada, esta oposición echa mano de la prensa, las manifestaciones y cuanto recurso tiene a la mano para asegurar que, lejos de tomar maletas e irse, la oposición está en pie de guerra.
La otra estrategia es la que ya algunos barajean: abandonar el barco, bajar la cortina y poner candados, salir huyendo hasta que la tormenta amaine. Al menor movimiento, a la más velada sugerencia de cambio, los mercados se van a pique porque la mano timorata de los grandes capitales tiene miedo de invertir en un país, de comprometerse y dar la cara. Indudablemente, la moneda está en el aire. De lo que no puede caber duda es que México no ha caído ni se ha salvado. El país espera no sólo un nuevo titular del Ejecutivo Federal, sino la respuesta ciudadana. Quienes torpemente pretenden pronosticar ruinas y desfalcos no han logrado comprender que en los actos humanos, en la historia de los pueblos, el mayor desatino es pensar que uno ha visto el futuro de antemano.
