Hector-Zagal
Héctor Zagal

Héctor Zagal

(Profesor de la Facultad de Filosofía en la Universidad Panamericana)

Dicen que no hay mal que dure cien años, pero si construyes una ciudad en un lago, no contribuyes mucho a que eso se cumpla. En el caso de la CDMX, regentes y jefes de gobierno, tlatoanis y virreyes han tenido que lidiar con las inundaciones y, paradójicamente, con la falta de agua.

Cuando la Gran Tenochtitlán cayó, los españoles podían edificar su capital en otro lugar que no fuera una cuenca cerrada rodeada de lagos alimentados por los ríos de las sierras circundantes. Sin embargo, el lugar era simbólico: destruir el pasado de los vencidos para construir el presente de los conquistadores.

Como era de esperarse, los problemas no tardaron en llegar. En 1555 se registró la primera gran inundación de la ciudad virreinal, entre otros motivos, porque los conquistadores desamantelaron parte de la ingeniería hidráulica de los mexicas. Era claro que las medidas para evitar inundaciones no estaban funcionando, por lo que se pensó en construir un desagüe artificial que redirigiera las aguas del lago de Zumpango y del río de Cuautitlán hacia la cuenca del río Tula.

El proyecto comenzó en 1607 y estuvo a cargo del cosmógrafo europeo Enrico Martínez. En la práctica, no fue muy efectivo, pero algo era mejor que nada. Con el tiempo, sin embargo, muchos comenzaron a protestar en contra del desagüe. Su mantenimiento era muy caro y, además, sólo beneficiaba a ciertas zonas de la capital.

Con tantas presiones de por medio, un 13 de junio de 1622, en medio de una lluvia torrencial, el virrey Diego Carrillo de Mendoza mandó cerrar el desagüe para comprobar si de verdad era necesario. Por andar queriendo medirle el agua a los camotes, la olla se le desparramó y terminó causando una inundación en muchas partes de la ciudad. Lo peor fue que el desagüe permaneció cerrado desde entonces.

Para 1629, las precipitaciones habían sido tan violentas que en dos meses inundaron toda la ciudad. La única parte que se salvó fue un pequeño pedazo de la Plaza Mayor, el cual recibió el nombre de “La isla de los perros”, debido a que estos animales se refugiaron allí.

Algunas personas se quedaron en los pisos altos que no habían sido alcanzados por el agua. Quienes pudieron, consiguieron canoas para transportarse. La inundación provocó muertes, colapsos, escases y las misas tuvieron que celebrarse en las azoteas. No fue sino hasta 1634 que los tiempos de sequía comenzaron a salvar la ciudad.

En 1910 ocurrió otra gran inundación, pero fue la última de la que se tiene registro. En parte, se lo debemos a Porfirio Díaz quien sacó adelante el Gran Canal de Desagüe, mismo que no acabó con las inundaciones, pero sí disminuyó sus consecuencias. Los proyectos para lidiar con las aguas concluyeron el siglo pasado con la construcción del sistema de drenaje profundo de 1967 a 1975.

Hoy, sin embargo, las inundaciones siguen siendo un problema en la ciudad. Es cierto que ya no son tan severas como antes, pero aún causan daños irreversibles en los lugares más frágiles de la urbe. Parece que nos ha salido muy caro vivir en donde estamos.

Claro que durante estos días de calor, quienes vivimos en la Ciudad de México si quisieramos un buen aguacero que nos refrescase.

Sapere aude!

@hzagal

Profesor de la Facultad de Filosofía en la Universidad Panamericana