En Ibiza, una isla que muchos consideran un imán para el talento, donde la noche tiene fama de ser interminable y la música nunca calla, hay un rincón en el que el tiempo se detiene. Un lugar que no es un restaurante ni un teatro ni un laboratorio… aunque en realidad es todo eso a la vez.
Hablo de Sublimotion, y quienes lo han vivido saben que allí la mesa deja de ser un simple soporte para platos y se transforma en escenario, ritual y viaje sensorial.
Este proyecto nació en la isla ibicenca como un experimento y se convirtió en una experiencia reconocida internacionalmente. Ahora, tras haber viajado a Dubái, se prepara para dar el salto a otro escenario cargado de excesos y contrastes: Las Vegas.}
Eduardo Gonzáles, cofundador del proyecto, lo explica con la calma de quien ha parido un proyecto a base de dudas, pruebas y noches en vela.
“La verdad está en peligro de extinción. ¿Qué significa verdad? Pues mucho trabajo detrás. Mucha constancia, mucha prueba y error, muchas dudas. Muchas veces te dan ganas de tirar la toalla. Luego tienes noches mágicas en las que corroboras y dices, vale la pena”.
En su voz hay el peso de las horas de ensayo, las noches en vela y la obstinación de quien se propuso crear algo diferente y loco, muy loco. Para él, Sublimotion es el resultado de juntar disciplinas que normalmente jamás coinciden: ingenieros, cocineros, arquitectos, escenógrafos, diseñadores, ilusionistas.
“Hay mezcla de diseñadores, de ingenieros, de arquitectos, de maîtres, de cocineros. Disciplinas que pueden parecer que están en las antípodas, pero nuestro trabajo es crear coincidencias para que de repente un maître tenga muchísimo que ver con un maestro de ceremonias”.
El objetivo, añade, nunca ha sido imponer un discurso, sino lograr que “los protagonistas sean ellos”, los clientes. “Como no lo hagas así, estás perdido. El cliente no quiere escuchar un discurso, quiere vivir la experiencia”.

Antonyo Marest, el artista, habla de un lema personal: Compartir es vivir. Compartir es la esencia de la vida y la razón por la que proyectos como Sublimotion emocionan hasta las lágrimas. “He trabajado en Miami, en Las Vegas, ciudades de plástico donde todo pasa rápido y uno puede sentirse como un chihuahua en un bolso. Pero en Ibiza es distinto”.
“La mesa democratiza. Nos sentamos todos a la misma altura, sin importar si vienes de la lista Forbes o eres un niño de tres años con su trona. Eso es lo bonito: que la comida, como hace miles de años alrededor del fuego, sigue siendo un rito colectivo”, Eduardo Gonzáles / cofundador de Sublimotion
Para él, Sublimotion conecta con la esencia de la isla. “La Noche Pitiusa es magia y glitter. Pitiusa es el nombre que dieron a Ibiza los fenicios. Aquí ha pasado de todo”. Lo que más valora es la capacidad de emocionar: “He visto a personas llorar mientras cenaban. Esa manera de hacer las cosas que nos han hecho aquí emociona”.
Experiencia irrepetible
Esa emoción, sin embargo, no se improvisa. Requiere disciplina y la certeza de que cada función debe vivirse como si fuera la primera. Ahí es donde entra Débora Vega, la encargada del directo.
“El verdadero reto no es aprender la coreografía, sino no perder la pasión después de 200 funciones. El cliente paga por una primera vez irrepetible, y nuestro deber es dársela, aunque sea la noche número 230”, afirma Eduardo.
Cada noche, sin importar si el público está conformado por millonarios, artistas, familias o incluso niños, la pasión debe ser idéntica. “El cliente merece sentir que es la primera vez que lo hacemos”, dice. Su objetivo es que nadie tenga trato especial, porque la magia se construye cuando todos se sientan en la misma mesa, al mismo nivel, sin jerarquías.
En Sublimotion, comer sigue siendo sagrado. “La mesa democratiza —explica Eduardo—. Nos sentamos todos a la misma altura, sin importar si vienes de la lista Forbes o eres un niño de tres años con su trona. Eso es lo bonito: que la comida, como hace miles de años alrededor del fuego, sigue siendo un rito colectivo”.
En ese rito, el concierge Kabal tiene la mirada privilegiada de quien lleva décadas moviéndose entre bastidores en Ibiza. Conoce a los visitantes más exclusivos de la isla, pero insiste en que lo verdaderamente valioso no son los apellidos, sino la autenticidad.
“Como la isla en Ibiza, por ejemplo, en estos 11 años que llevo aquí, han pasado muchísimas cosas, hay muchísimas voces, opiniones, pero si tú conoces a la gente genuina, siempre te lo pasas bomba. Todo el plástico de Miami o Dubái ha entrado aquí, pero lo reciclamos”.
Ahora se preparan para la apertura del nuevo restaurante, esta vez en Las Vegas. Pero no se trata de llevar lo mismo a otro lugar, sino de adaptar la experiencia al carácter de cada ciudad. Eduardo lo tiene claro: “Abrimos con el concepto hace dos años en Ibiza, fue otra experiencia increíble. Estaba más pulida y era más divertida, más crazy, más histriónica.
Para Ibiza eso funcionaba mejor. Pero, por ejemplo, para Dubái hubiera funcionado mejor esta de ahora, porque es más clásica. En Las Vegas, yo creo que va a funcionar increíble”.
Si Ibiza representa la magia de lo efímero y Dubái el lujo clásico, Las Vegas aparece como el escenario perfecto para la versión más desbordada del proyecto. Una ciudad que, en palabras de Marest, puede llevar a alguien a empeñar un Picasso o un anillo de la Super Bowl tras una mala jugada. Y, a la vez, un lugar donde un espectáculo como Sublimotion puede convertirse en objeto de culto.
“En Las Vegas va a ser la bomba”, afirma Antonyo. Y quizá tenga razón: en una ciudad donde todo se apuesta, Sublimotion juega con ventaja. Su moneda es la emoción, su escenario es la mesa y su propuesta es clara: ofrecer cada noche una experiencia única, irrepetible y, sobre todo, auténtica.
