En el gobierno que está por concluir, salvo el caso del gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, ninguno de los tres nombramientos de nuevos subgobernadores que realizó el presidente Felipe Calderón durante su mandato lo hizo dentro del tiempo necesario como para que la Junta de Gobierno del banco central sesionara con los cinco integrantes que establece su propia ley.

 

La designación presidencial del actual subgobernador Roberto del Cueto se realizó en junio de 2007, poco más de cinco meses después de que la Junta de Gobierno sesionaba con cuatro de sus cinco miembros. El nombramiento del subgobernador Manuel Sánchez González se dio en abril de 2009, más de tres meses después del retiro de su predecesor. Mientras que el nombramiento presidencial de Manuel Ramos Francia se realizó en abril de 2011, tras un vacío de más de tres meses en el órgano decisor del banco central.

 

Como se ve, la constante de Los Pinos frente a la Junta de Gobierno del Banco de México durante los últimos años ha sido, en el mejor de los casos, la desidia. El abandono de una relación institucional que se refleja en el descuido de la decisión más trascendente que toma el Presidente sobre una institución autónoma como el banco central.

 

Pero este hecho particular también refleja otro más grave. Por muchas razones el banco central no ha logrado establecer una conexión cercana con la población en general y particularmente con las clases medias educadas que deberían ser sus mayores aliados. Y dígame si no, cuando se tiene una institución cuyo principal objetivo e interés es buscar la estabilidad del poder adquisitivo del peso para contribuir al bienestar económico de los mexicanos.

 

No hay mejor razón que ésa, la del bolsillo, para que los ciudadanos se interesen en conocer y defender a un banco central. Así está ocurriendo con los ciudadanos alemanes que se ponen del lado del Bundesbank en las decisiones que éste toma sobre la grave crisis que azota a Europa y que también campea sobre Alemania. Y es que la experiencia de largos años de hiperinflación que vivió Alemania en el periodo de entreguerras aún sigue viva en la memoria colectiva.

 

En México esto no ha ocurrido. La condescendencia con la inflación todavía tiene algunos adeptos entre políticos trasnochados, empresarios distraídos y uno que otro alto funcionario de gobierno; mientras que el banco central -con sus dilaciones internas intermitentes- no ha transmitido un mensaje contundente a la población sobre su razón de ser que le establece la propia Constitución Política.

 

Esto provoca desconocimiento y desidia sobre lo que es y lo que hace el Banco de México, incluso entre los propios medios de comunicación responsables de transmitir la esencia de las decisiones del Banco de México. Muy pocos periodistas en el país conocen al banco central y los editores de los diarios, incluyendo a los especializados en economía, son poco sensibles a la interpretación y transcendencia de sus decisiones.

 

Ello, además de restarle aliados entre la población como ya dijimos, le provoca una peligrosa tendencia a la arrogancia al no construirse los necesarios equilibrios que requiere y que provienen de la crítica y de la auditoría social a sus decisiones y acciones.

 

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