El canciller alemán Friedrich Merz subrayó que Viktor Orbán viajó a Moscú “sin un mandato europeo”
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Una semana después del último viaje de Viktor Orbán a Moscú, Europa sigue calculando el costo político. El 28 de noviembre, el primer ministro húngaro volvió a cruzar la línea del bloqueo informal en torno al Kremlin, al sentarse con Vladímir Putin durante tres horas para hablar sobre energía y el impulso estadounidense para un acuerdo de paz sobre Ucrania.

Orbán llegó a Moscú recién armado con una exención de un año a las sanciones estadounidenses sobre el petróleo y el gas ruso, concedida personalmente por Donald Trump tras una reunión en Washington. En lugar de aprovechar ese margen para diversificarse, Budapest ha profundizado su dependencia: Rusia abastece más del 80% del petróleo y gas que consume Hungría, incluso cuando la UE busca poner fin a estas importaciones en 2027 y debate el uso de activos rusos congelados para la defensa de Ucrania, una opción que Hungría rechaza abiertamente.

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En el Kremlin, Putin elogió lo que llamó la postura “equilibrada” de Hungría en la guerra, mientras Viktor Orbán impulsaba dos objetivos paralelos: contratos de largo plazo para mantener bajos los precios de la energía húngara el próximo invierno y un papel más relevante en la incipiente vía de paz entre Estados Unidos y Rusia.

El canciller alemán Friedrich Merz subrayó que Viktor Orbán viajó a Moscú “sin un mandato europeo”
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El líder húngaro volvió a promover a Budapest como sede futura de una cumbre Trump-Putin y defendió el esquema de 28 puntos diseñado por la Casa Blanca, un plan duramente criticado en Europa y en Kyiv por incorporar concesiones territoriales y una explícita esfera de influencia rusa.

La reacción diplomática fue dura. El canciller alemán Friedrich Merz subrayó que Viktor Orbán viajó a Moscú “sin un mandato europeo” y expresó pocas expectativas de que su iniciativa ayude al fin de los combates. El presidente polaco Karol Nawrocki fue más allá, al cancelar una reunión bilateral prevista con Orbán en el marco de la cumbre del Grupo de Visegrado y presentar la decisión como una cuestión de solidaridad europea.

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Para Viktor Orbán, el cálculo es claro. En casa enfrenta un serio desafío electoral en abril próximo y una economía estancada. La energía barata para los hogares y la imagen de un líder capaz de hablar tanto con Trump como con Putin son centrales en su relato. En el exterior, apuesta a que desempeñar el papel de intermediario entre Washington y Moscú amplifique la influencia de Hungría muy por encima de su tamaño. Para sus críticos, sin embargo, esa estrategia parece menos un puente y más un caballo de Troya dentro del bloque occidental.