A Borges se le fueron apagando los ojos, pero nunca el ingenio. En una de sus conferencias habló de la magnífica ironía de Dios al hacer de él director de la Biblioteca Nacional de Argentina justo cuando se quedaba ciego; más o menos 800 000 volúmenes a su cargo con la imposibilidad de leer uno solo.
Desde joven sabía que la ceguera lo esperaba al final del pasillo. Su padre, su abuela paterna y hasta un bisabuelo habían perdido la vista antes de morir. Cuando le tocó a él, no dramatizó. Borges distinguía entre tragedia y molestia. Definió su ceguera progresiva como ‘un lento atardecer de verano’: la luz no se apaga de golpe, sólo se va retirando por rincones.
Jamás aprendió Braille. En lugar de eso, se apoyó en algo más antiguo: la voz. Su madre, Leonor, se convirtió en sus ojos, su secretaria y su lectora profesional; le leía en voz alta y tomaba al dictado sus poemas, cuentos y ensayos. Para 1955, cuando lo nombran director de la Biblioteca Nacional, la oscuridad ya había avanzado bastante. De ese doble regalo, el de los estantes infinitos y la penumbra, sale una de sus frases más citadas, esa en la que se imagina el paraíso como ‘una especie de biblioteca’. No deja de ser irónico: el escritor ciego que dirige un edificio lleno de libros que ya no puede leer se consuela pensando que el cielo será más de lo mismo.
Su ceguera no fue sólo tema biográfico, también moldeó su estilo. Los cuentos de la última etapa son más breves, más despojados, casi sin descripciones visuales. No hay largos paisajes ni colores; hay ideas, tramas mínimas, símbolos. Es como si la prosa se hubiera adaptado al campo visual de su autor: menos decorada, más estructurada. No por nada tituló uno de sus libros de poemas Elogio de la sombra: la oscuridad, para él, no es pura pérdida, sino también ocasión para otra forma de mirada.
Si uno junta todas estas anécdotas, la ceguera de Borges deja de ser nota trágica para convertirse en algo muy suyo: un laberinto más. Otro juego de espejos donde probó metáforas, chistes privados y reflexiones sobre el tiempo. Los médicos pueden describir diagnósticos y curvas de pérdida visual. Borges prefirió otra fórmula: un lento atardecer de verano, una biblioteca oscura y una madre leyendo en voz alta. Hay peores maneras de quedarse sin vista. Y, desde luego, hay peores maneras de mirar el mundo.
