Tras la operación estadounidense en Venezuela que culminó con la captura de Nicolás Maduro, Donald Trump reactivó su antigua ambición sobre Groenlandia, una isla del Atlántico Norte rica en minerales, al insistir en que Estados Unidos la necesita por razones de seguridad nacional, en un Ártico cada vez más disputado por China y Rusia.
La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, respondió con una advertencia de alcance histórico: “Si Estados Unidos decide atacar a otro país de la OTAN, todo se detendría, incluida la OTAN y, por lo tanto, la seguridad posterior a la Segunda Guerra Mundial”.
Desde Nuuk, el primer ministro groenlandés Jens-Frederik Nielsen llamó a la calma y rechazó las “fantasías de anexión”, insistiendo en que cualquier diálogo debe respetar el derecho internacional. El martes, Dinamarca y seis grandes potencias europeas trazaron una línea roja poco habitual: “Groenlandia pertenece a su gente”, subrayando que la seguridad del Ártico debe gestionarse de forma colectiva a través de la OTAN, no mediante decisiones unilaterales.
La respuesta de Washington no tardó. La Casa Blanca afirmó que evalúa “diversas opciones” y que “utilizar las Fuerzas Armadas de Estados Unidos siempre es una opción”, en palabras de su secretaria de prensa, Karoline Leavitt. Trump añadió más tensión al poner en duda la solidaridad de la alianza: “Dudo que la OTAN estuviera ahí para nosotros si realmente la necesitáramos”.
Groenlandia alberga la base estadounidense de Pituffik y sus recursos naturales se vuelven más accesibles conforme se derrite el hielo. Pero el panorama político es complejo: sus 57 mil habitantes muestran un creciente apoyo a una eventual independencia (56% según una encuesta de 2025), aunque un rechazo abrumador a integrarse en Estados Unidos (85%).

Para diplomáticos europeos, el desenlace se abre en cuatro grandes rutas. La primera sería que Estados Unidos intensifique la presión política e informativa para acelerar el debate independentista y debilitar el control de Copenhague. La segunda pasaría por una negociación transaccional: desde una compra directa a Dinamarca —que podría incluir un pago individual a los 57 mil habitantes— hasta fórmulas más flexibles, como un Pacto de Libre Asociación que integre a la isla en la órbita económica y defensiva estadounidense.
La tercera pasa por una diplomacia coercitiva hacia Europa, intercambiando garantías de seguridad —especialmente en Ucrania— por concesiones sobre Groenlandia. La última, y la más desestabilizadora, sería invadir la isla, apoyándose en la presencia militar estadounidense ya existente en el territorio.
