Regresar, ¿para qué? El exilio en Venezuela echa raíces
AFP | Millones habitantes de Venezuela han reconstruido su vida fuera, priorizando estabilidad sobre un retorno incierto a su país.

"Yo no tengo deseos de regresarme. Solo visitar". Javier lo dice desde Estados Unidos, donde reconstruyó su vida tras dejar Venezuela. "La mayoría de mis familiares y amigos emigraron o murieron. La Venezuela en la que fui feliz solo existe en mi memoria", escribió en redes. Su testimonio, replicando miles de veces tras la captura del autócrata Nicolás Maduro, resume un sentimiento que atraviesa a millones: la caída del hombre no implica, todavía, el regreso a un país que sigue roto.

Las celebraciones estallaron en plazas de América Latina, Europa y Estados Unidos. Hubo banderas, lágrimas y abrazos. Para la diáspora, la detención del líder chavista fue un punto de quiebre simbólico. Pero, pasada la euforia, la pregunta se impuso con crudeza: ¿volver a qué?

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"Me alegra que Venezuela haya recuperado la libertad, pero ya no pertenezco ahí", confiesa una mujer en un video viralizado en Argentina, país donde la senadora Patricia Bullrich, con cinismo, invitó a los venezolanos a regresar a su país. "Los vamos a extrañar", remató desde el Obelisco.

La Organización Internacional para las Migraciones estima que cerca de ocho millones de venezolanos viven fuera del país, un éxodo estructural iniciado hace más de una década. Según la ACNUR, incluso antes de la caída de Maduro, solo 4% contemplaba volver, principalmente por razones familiares.

Venezuela, un país que sigue igual

Dentro del país, el día después de la captura de Maduro amaneció igual que el anterior. La electricidad siguió fallando sin aviso; el agua volvió a llegar por horas -cuando llegó y el internet se cayó en medio de clases, trámites o jornadas de trabajo remoto que ya de por sí penden de un hilo. En muchas viviendas, las mañanas comienzan con una pregunta básica: ¿habrá luz hoy?, ¿alcanzará el gas?, ¿se podrá hervir agua?

"Cocinar, estudiar o refrigerar alimentos se vuelve un lujo", escribió un usuario en redes sociales. No es una metáfora. Es una descripción literal. En barrios enteros, las familias organizan su día alrededor de los apagones: se cocina rápido cuando hay corriente, se duerme a medias cuando la noche se queda sin ventilador y se aprende a vivir con refrigeradores vacíos o dañados por los picos de voltaje.

"Trabajamos varios empleos y aun así no podemos comprar medicinas ni ir al médico", resume otra voz en X. El salario mínimo oficial ronda los 130 bolívares mensuales -unos 17 pesos mexicanos- y no se actualiza desde marzo de 2022.

Con ese ingreso simbólico-completado con otros trabajos, bonos, remesas y ayudas, el cálculo es brutal, ya que alimentar a una familia cuesta más de 500 dólares mensuales, según estimaciones independientes.

EU pidió a sus ciudadanos salir de Venezuela debido a la la situación 'inestable' de seguridad que impera ahora en ese país sudamericano.
Foto: AFP  

Más de la mitad de los hogares vive en pobreza multidimensional, atrapada entre carencias de servicios básicos, empleo inestable y viviendas deterioradas. El desgaste se desborda en la calle: solo en el primer semestre de 2025 se registraron casi mil 300 protestas, muchas por electricidad, agua o salarios. No fueron marchas épicas ni concentraciones masivas; fueron reclamos puntuales, vecinales, cansados. Gente pidiendo lo mínimo para sostener el día siguiente.

En ese contexto, la captura del sucesor de Hugo Chávez no se tradujo en una sensación de cambio inmediato; además, la incertidumbre viene desde Estados Unidos, después de los recientes anuncios de Washington sobre el manejo de los recursos energéticos del país sudamericano. Hay, más que nada, carencias e incertidumbre.

Echar raíces lejos

En Colombia, Perú, España o México, los venezolanos trabajan, crían hijos, pagan rentas y hacen trámites. En Cancún y Santiago, en Lima o en Madrid, hay acentos que ya no se explican, recetas que se adaptan y celebraciones que se trasladaron de país sin perder del todo la nostalgia. Hay informalidad, discriminación y cansancio, pero también algo que en Venezuela se volvió escaso: un poco de estabilidad.

Muchos hijos de la diáspora no recuerdan apagones ni colas. Conocen Venezuela a través de relatos fragmentados, fotografías y videollamadas con abuelos que preguntan cuándo volverán.

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"Amar a Venezuela desde lejos también es una forma de amor", escribió en un blog de migración Enrique Vásquez, abogado caraqueño radicado en España. Para millones, no regresar no es una renuncia, sino una forma de protección.

La captura del autócrata sudamericano cerró una página que parecía interminable, pero el libro sigue incompleto. Venezuela, para muchos, permanece como un país al que se mira con esperanza contenida y distancia aprendida. Un lugar al que quizá se vuelva algún día, pero no ahora. No todavía.

Editor de la sección Mundo en el diario 24 HORAS. Egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, con experiencia en redacción, traducción y proyectos editoriales en medios de comunicación.