Héctor Zagal
X /IG @hzagal
(Profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)
El pronóstico en la Ciudad de México es de otro frente frío, mínimas de un dígito y heladas en las partes altas del valle. Con estas temperaturas vale recordar el consejo de la abuela: “tómate tu jugo de naranja, que con este frío cualquiera se enferma”. Hoy la naranja es el escudo democrático contra la gripe: barata, disponible en cada mercado, exprimible en segundos. Pero, históricamente, disfrutar de una naranja en pleno invierno era un lujo.
La fruta viene de muy lejos. La primera mención escrita de la naranja aparece en un texto chino del siglo V a. C., donde se cuenta que los emperadores recibían cestos de cítricos como tributo obligado. Durante siglos fue cosa de Asia; luego, poco a poco, se fue moviendo hacia occidente. Llegó al Mediterráneo gracias a rutas comerciales indias y persas y terminó asentándose en los huertos de al-Ándalus y de los puertos portugueses.
La naranja dulce que conocemos hoy se consolidó en Europa entre los siglos XV y XVI, cuando portugueses y españoles empezaron a cultivar variedades más agradables al paladar y a exportarlas con entusiasmo. En el norte lluvioso como Países Bajos e Inglaterra, las naranjas que llegaban de la península ibérica eran pequeñas esferas de sol importado: caras, escasas y reservadas para mesas acomodadas.
A América llegaron relativamente pronto: es probable que Colón trajera semillas en su segundo viaje y, con los siglos, México se convirtió en potencia citrícola. Pero no siempre fue así de cotidiano. Hasta el siglo XIX, entre familias modestas de Europa y Estados Unidos, encontrar una naranja en la media colgada de la chimenea se consideraba un lujo: la fruta venía de lejos, el transporte era caro y la temporada corta. Un cítrico en pleno invierno era símbolo de riqueza.
En México, por supuesto, el relato es menos dramático. Nunca hemos visto la naranja como joya exótica. La naranja es cotidiana en jugo, gajos en bolsita de plástico, naranjas con chile en la esquina de la escuela. Aún así, la próxima vez que la app del clima anuncie temperatura de un dígito y la ciudad se vuelva desfile de gorros y bufandas, quizá convenga acompañar la queja con un gesto antiguo: partir una naranja, oler la cáscara, pero con una nueva mirada a este cítrico. Vale la pena dejar que el jugo de naranja nos recuerde que hay lujos silenciosos que ya no percibimos como tales.
Al fin y al cabo, entre las míticas cobijas de tigre, café bien caliente y notificaciones de “frente frío número quién-sabe-cuál”, un gajo de naranja en la boca puede ser una lección de historia económica mundial y una invitación a disfrutar de las pequeñas cosas.
