Hay momentos en los que uno termina el día con una incomodidad difícil de sacudir. Y antier fue uno de esos momentos. Un comunicado, una conmemoración, un gesto aparentemente protocolario bastaron para reabrir una herida histórica que, durante décadas, había permanecido donde debía estar: en los libros, no en la mesa de negociación.
Y lo señalo porque, cuando a nuestro vecino del norte se le complican sus frentes prioritarios, la mirada tiende girar hacia el sur, particularmente a México, que aparece entonces no como socio, sino como recurso discursivo. Como referencia útil para reafirmar fuerza, para desempolvar viejas tensiones, para reinterpretar episodios históricos bajo una lógica que poco tiene que ver con la precisión diplomática y mucho más con la conveniencia del momento.
Hace apenas unos días, en Davos, se insistía en la necesidad de llamar a las cosas por su nombre. De reconocer que el orden internacional atraviesa una especie crisis de reglas, de formas y de lenguaje. Y pues bien, pocas cosas son tan elocuentes de esa crisis como glorificar, desde un comunicado oficial, una guerra contra un país vecino, y presentarla como antecedente legítimo de políticas actuales de presión. Todo ello pasando por alto principios elementales del derecho internacional.
Sin embargo, más allá de cualquier reflejo nacionalista –que siempre aparece, aunque no sea el punto– la situación obliga a una reflexión más amplia sobre el mundo en el que vivimos, uno en el que los excesos del pasado comienzan a reciclarse como virtudes políticas del presente. Lo que observamos hoy es la exaltación del conflicto como signo de carácter y la fuerza como argumento político.
Es precisamente por ello, que la respuesta de México, no fue impulsiva ni mimética; pues en la coyuntura actual reaccionar desde el mismo lugar sería aceptar el marco que se pretende imponer. Recordemos a Kant, quien aseguraba que la guerra no podía seguir siendo el estado natural de las relaciones entre los pueblos; sino que la razón debía imponerse a esa “insociable sociabilidad” que no sólo empuja a los Estados a convivir y confrontarse, sino también a trivializar sus propias acciones.
Ello, tal y como lo describía Arendt, tal y como las obedecieron miles y que hoy –salvando las distancias– edulcora la conquista y convierte a la humillación histórica en motivo de orgullo contemporáneo. Porque mientras desde este lado se insiste en una agenda de socios, de puentes, de cooperación regional y de futuro compartido, del otro lado se ensaya una narrativa de destino manifiesto reciclado.
Al final, sólo queda preguntarse. ¿Cómo puede alguien que aspira, con insistencia, a ser reconocido como arquitecto de la paz, permitirse glorificar la guerra y celebrar uno de los episodios más dolorosos de la historia binacional? Aunque peor aún ¿Cómo pueden tantos sostener e incluso defender dicha aspiración? Tal vez ahí se esconda una de las paradojas más inquietantes de nuestro tiempo: la banalidad de la “paz” convertida en consigna, mientras el lenguaje y los gestos avanzan exactamente en la dirección contraria.
- Consultor y profesor universitario
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