Claudio Lomnitz, antropólogo social y miembro del Colegio Nacional, en su libro Sovereignty and Extortion: a new state form in Mexico (2024), propone como tesis que una nueva forma de Estado se ha ido desarrollando en nuestro país. Nos dice que las dos grandes narrativas que han dominado por años la discusión pública —la de la transición democrática y la del relato obradorista de la cuarta transformación— pintan a éste de una forma completamente diferente a lo que realmente es.
Lo que está sucediendo en México, afirma el autor, no es una guerra contra el crimen que se pueda ganar o perder. Es una nueva forma de gobierno; una nueva forma de vida. El Estado mantiene su fuerza —su soberanía— a través del poder político y simbólico —con el agregado de la militarización como importante ingrediente—, no así sus capacidades administrativas y de impartición de justicia. Por otro lado, ha ido cediendo control económico y territorial a la delincuencia organizada.
Estamos viviendo un momento que no hemos dimensionado como sociedad, ya sea porque, como dice Lomnitz, hemos atribuido la crisis de violencia simplemente a un rompimiento del tejido social y a una crisis moral, o porque la insensibilidad y el desamparo que experimentamos nos impide entender que el problema es de mayor complejidad. Nos hemos rendido ante una realidad que hace tiempo parece habernos superado.
El domingo pasado vivimos una cruenta batalla —en una nueva temporada de la Guerra contra el narco— entre el Ejército Mexicano y el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), el grupo criminal más poderoso del orbe. Este será solo uno de varios capítulos de oscuro pronóstico.
Aun cuando se presumen avances en esa lucha por el monopolio legítimo de la violencia, el poder económico —y la soberanía—, la sociedad vive con miedo, impedida del disfrute de sus derechos humanos más elementales. Tras la captura y muerte del líder del CJNG, se vivieron momentos de consternación en el país. Se experimentaron bloqueos carreteros, incendios —que incluyeron sucursales del Banco del Bienestar—, pérdidas humanas, fugas de reos, cancelación de servicios de transporte —terrestres y aéreos—, así como la suspensión de clases en todos los niveles educativos —y de otras actividades— en distintas entidades.
La presidenta Sheinbaum, en concordancia con el relato obradorista, enaltece nuestra soberanía como valor esencial de la democracia, enmarcada, entre otras cosas, por no aceptar una intromisión militar de EE. UU., o por evitar abrir el sector energético a la iniciativa privada —cuando al mismo tiempo se subsidian sus millonarias pérdidas con recursos públicos. Mientras tanto, la lucha por el poder se dirime en las calles entre las fuerzas armadas legítimas y las ilegales.
A cinco días de la disrupción social en donde se cimbraron las estructuras —tanto de los grupos criminales como del Estado— se sigue hablando de triunfos y derrotas. Sin embargo, los ciudadanos que viven la violencia, desde el ámbito familiar, local y comunitario, no logran visualizar en el horizonte eso que les regrese, de alguna forma, la otra soberanía: la que les da, y nos da a todos los mexicanos, el derecho a vivir libres y en paz.
@isilop
