Toda su administración se resume en empobrecer a la clase trabajadora. Llevamos más de ocho años aguantando golpes. Han utilizado y exprimido a las y los trabajadores para sacar de nosotros cualquier disparate y venderlo como “programa social” o, dicho sin rodeos, somos una fábrica de votos. Y, en lugar de beneficiarnos, nos castigan donde más duele: en el ingreso del que depende nuestra familia. Nos limitaron en todo: primero las utilidades, ahora las horas extra y hasta han intentado limitar nuestro pensamiento con su retórica de cuarta.

A eso se traducen las iniciativas y leyes que los legisladores de Morena y sus aliados han aprobado y distorsionado para extender su “pobreza republicana”. ¿Por qué tanto enojo? Porque veo extinguirse el salario de mis compañeros y de millones de mexicanos a quienes cada vez les alcanza menos. Porque han devorado el ingreso con impuestos, topes y “reformas”. Y porque quienes deberían ser la barrera que frene estos abusos están alineados al Gobierno: los líderes charros como Napoleón Gómez Urrutia, que no hizo más que empujar el declive de luchas obreras, derechos y prestaciones.

La discusión laboral en México tiene que volver a su punto de partida: el trabajador no vive de narrativas; vive de dinero. Y cuando el Estado y el Congreso se ponen creativos para recortar sin decir “recorte”, el trabajador paga la factura.

El tope a las utilidades (PTU) fue una decisión política. Desde la reforma de 2021, el reparto se limitó a tres meses de salario o al promedio de lo recibido en los últimos tres años. En la práctica, para sectores como el minero donde la PTU era alta, significa un golpe directo: el ingreso anual extraordinario dejó de crecer aunque la empresa creciera.

Peor aún: Napillo, ese que se hace pasar por minero y quien se robó mil millones de pesos, fue quien promovió, subió a tribuna y votó para que toparan las utilidades. Era presidente de la Comisión de Trabajo del Senado: pudo oponerse, pero no lo hizo. Al contrario: movió influencias y convenció a otros charros de quedarse calladitos. Era su silencio a cambio de impunidad.

¿Qué tan lejos deben estar de la clase trabajadora para decir que las horas extra son un abuso? Hay que decirlo: los trabajadores no hacían horas extra por gusto, las hacían por necesidad. Eran el “plan B” del que vive al día: el recurso inmediato cuando se descompone el coche, cuando aparece un medicamento o cuando hay que enviar dinero a casa. Para miles, eran ingresos de emergencia.

Desde que empezaron con la amenaza de topar las horas extras, bajo un esquema de 12 horas por semana, con distribución acotada, no se estaba discutiendo un tecnicismo laboral, sino la capacidad de la gente de generar más ingreso en momentos críticos.

Esto es lo que muchos no quieren decir –ni entender–: cuando le pones candados a una salida económica, no desaparece la necesidad, solo cambias donde se resuelve. Y eso suele llevar a la informalidad o al abuso silencioso.

Hoy levantamos la voz para exigir a las y los legisladores: si de verdad quieren defender al trabajador, hay tres correcciones que no admiten más vueltas: utilidades: derogar el tope impulsado por los charros y exigimos el pago del 10 por ciento de estas como lo dice la Constitución.

Horas extra: cualquier límite debe venir de las y los trabajadores y no de un Gobierno que no entiende que las familias no pueden vivir con un par de zapatos y con 200 pesos en el bolsillo.

 

    @CarlosPavonC