“Lo más importante es recuperar la esencia de la democracia, que es la representación del pueblo. La democracia es el poder del pueblo” CSP
Claudia Sheinbaum, siguiendo el relato de su antecesor, gusta mucho de utilizar la palabra pueblo como recurso eficaz para crear lazos directos con esa parte de la sociedad que simpatiza con sus ideas, pero que, sobre todo, es beneficiaria de sus políticas.
Cuando la Presidenta habla del pueblo no habla de la sociedad en su conjunto, ni de aquellos que critican su gobierno, menos de quienes, abiertamente, se manifiestan en contra de la Cuarta Transformación y de las decisiones que, a su forma de ver, han destruido instituciones, causado un daño significativo al erario, generado violencia, tolerado la corrupción —e incluso, por su irresponsabilidad—, provocado miles de muertes.
El pueblo, ese término abstracto que quienes han gobernado el país desde hace ya siete años —así como otros dirigentes populistas en otras naciones—, utilizan para referirse a un sector puntual de la población —los buenos, los sabios—, es en realidad una figura que representa la infalible forma de pensar del líder populista. El pueblo soy yo, como idea de que el poder absoluto reside en la persona del líder carismático (Krauze, 2018); o como expresión en donde el nosotros colectivo, se sustituye por el singular yo, en quien reside la voz legítima de quienes están del lado correcto de la sociedad (Urbinati, 2019) —o de la historia (AMLO dixit)— y por lo cual, intermediarios como los partidos políticos son vistos como obstáculos.
Hoy el término se convierte en la forma perfecta de evadir la responsabilidad de rendir cuentas, de argumentar, de deliberar junto con los distintos actores relevantes que cohabitan en nuestra incipiente democracia. Es la salida fácil para evitar los reclamos sobre lo que a todas luces son decisiones centralistas y, en ocasiones, autoritarias.
El turno le toca hoy a la reforma político electoral. La Presidenta ha dicho que la ha demandado el pueblo. Lo cierto es que esta reforma no estaba en la mente de la ciudadanía, ni tampoco de la oposición, que es de quien, históricamente, surgen este tipo de iniciativas. En estos días, el país enfrenta distintos retos que van, desde una sequía en inversión y crecimiento económico, una coyuntura en materia de inseguridad y violencia, conflictos geopolíticos, hasta una revisión del tratado comercial con Estados Unidos —y diversas presiones de su presidente. Agregar a la ecuación una reforma de este tipo no hace ningún sentido, no al menos para el país.
Si bien la propuesta tiene algunos puntos positivos, como evitar que las cúpulas de los partidos se sigan apropiando de estas organizaciones de interés público; así como minar el poder de los indecentes partidos aliados —de los que el movimiento obradorista se ha beneficiado ampliamente y sin pudor en detrimento de la democracia—, tiene otros que claramente buscan asegurar el control y la permanencia del partido oficial en el poder hacia el 2030.
Lo cierto es que el pueblo no es el pueblo, el pueblo es lo que quien dice encarnarlo decide que éste sea. Para el nuevo régimen, es el símbolo —y no la sociedad—, su principal aliado.
@isilop
