Mientras Cuba busca una salida a la crisis energética que ha dejado a millones de personas en la penumbra y abre la puerta a inversiones de emigrados, en particular de quienes residen en Estados Unidos, Donald Trump intensificó el asedio al régimen castrista al afirmar que espera tener “el honor de tomar Cuba”, al tiempo que su administración impulsa la salida del presidente Miguel Díaz-Canel.
“Creo realmente que tendré el honor de tomar Cuba, de alguna manera…Quiero decir liberarla, o tomarla”, precisó. “De alguna forma, sí. Tomar Cuba. Quiero decir, ya sea que la libere o la tome. Creo que podría hacer lo que quisiera con ella.
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¿Quieren saber la verdad? Son una nación muy debilitada”, declaró Trump desde el Despacho Oval, en referencia a un país atravesado por apagones, escasez y una economía bajo presión.
Según fuentes citadas en un reporte de The New York Times, Washington hizo saber a los negociadores cubanos que no ve viable un acuerdo de fondo con Díaz-Canel al mando. La salida del sucesor de Raúl Castro —sin desmontar la estructura del sistema— aparece como una vía para abrir espacio a reformas económicas que, en las condiciones actuales, el gobierno difícilmente impulsaría.
Dicha propuesta recuerda lo ocurrido en Venezuela, donde la Casa Blanca promovió
el relevo presidencial tras la captura de Nicolás Maduro, pero encontró en Delcy
Rodríguez un canal para encauzar sus demandas mientras el chavismo se mantiene
en el poder.
Abren puerta a inversiones
Esa presión externa encuentra eco en los movimientos recientes del propio gobierno cubano. En medio de la asfixia energética, La Habana anunció que permitirá a emigrados y sus descendientes invertir y establecer negocios en la isla.
El ministro de Comercio Exterior, Oscar Pérez-Oliva, habló de una “relación comercial fluida” con empresas estadounidenses y con la diáspora, en un volantazo
que busca reactivar sectores estratégicos en un país donde, hasta hace poco, la
economía estaba mayoritariamente centralizada.
Isla en las penumbras
No obstante, cualquier intento de apertura ocurre bajo la sombra de un sistema
eléctrico colapsado. Ayer, una “desconexión total del Sistema Electroenergético
Nacional”, según la Unión Eléctrica, dejó sin suministro a los 9.6 millones de
habitantes de la isla. No fue un episodio aislado, sino el más reciente de una cadena
de fallas que han convertido los apagones en parte de la vida cotidiana.
En La Habana, los cortes superan ya las 15 horas diarias; en las provincias, pueden extenderse más de un día. Es el sexto colapso generalizado en casi año y medio,
resultado de una infraestructura envejecida, sostenida por termoeléctricas con más de cuatro décadas de operación y sin el combustible necesario para funcionar con
regularidad.
La oscuridad también ha comenzado a reflejarse en el clima social. En Morón, a 460 kilómetros de la capital, un grupo de manifestantes irrumpió en una sede del Partido
Comunista en medio del descontento por la falta de electricidad y alimentos. Al
menos 14 personas fueron detenidas. “Es comprensible el malestar”, admitió
Díaz-Canel, aunque advirtió que “para el vandalismo y la violencia no habrá
impunidad”.
