Botellas de pet usadas, hígado molido y restos de pescado se convirtieron en herramientas de contención del gusano barrenador en Chiapas.
Argenis Esquipulas | Botellas de pet usadas, hígado molido y restos de pescado se convirtieron en herramientas de contención del gusano barrenador en Chiapas.

En la franja costera de Chiapas, donde el aire húmedo se adhiere a la piel y el ganado pasta entre sombras densas, una vieja amenaza ha regresado con fuerza inesperada: el gusano barrenador —la larva de la mosca Cochliomyia hominivorax— que se presentó de nuevo en México en 2024, luego de 33 años de haber sido erradicado.

Su reaparición no sólo encendió alertas sanitarias, también obligó a los productores a reinventar, con urgencia, sus formas de defensa.

En ausencia de soluciones inmediatas a gran escala, la respuesta comenzó a tomar forma en los patios de los ranchos. Botellas de plástico usadas, hígado molido y restos de pescado se convirtieron en herramientas de contención. Así nació la llamada Trampa Matrix, un dispositivo rudimentario que hoy opera como primera línea de defensa en el Soconusco.

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La lógica es simple: atraer a la mosca adulta antes de que deposite sus huevos en heridas abiertas del ganado. El olor penetrante de la mezcla orgánica funciona como señuelo; el interior del envase, adaptado con superficies adhesivas, impide la fuga. El resultado es una interrupción directa del ciclo reproductivo del parásito.

Reportan miles de casos de gusano barrenador en Chiapas

La emergencia que dio origen a esta estrategia no es menor. Datos del Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria reportan miles de casos en animales y más de un centenar en humanos. El brote, detectado inicialmente en Catazajá, se expandió rápidamente hacia municipios costeros y, más tarde, hacia regiones de los Altos, hasta alcanzar localidades como San Cristóbal de Las Casas.

Pero en el terreno, la estadística se traduce en otra cosa: animales heridos, pérdidas económicas y un temor constante a la propagación. Frente a ello, la organización comunitaria ha resultado clave. Más de 20 mil productores han sido capacitados para fabricar e instalar trampas, generando una red de vigilancia que cubre municipios como Tapachula, Huixtla y Suchiate.

Hasta ahora, se han colocado unas 33 mil trampas y capturado cerca de 65 mil moscas. Puede parecer una cifra modesta frente a la magnitud del problema, pero en términos biológicos representa un avance significativo: cada insecto atrapado es una posibilidad menos de infestación.

La Trampa Matrix no surgió de un laboratorio, sino del cruce entre conocimiento técnico y práctica. Su desarrollo, impulsado por especialistas y ganaderos organizados, refleja una constante en el campo mexicano: la capacidad de adaptación frente a crisis recurrentes.
Mientras tanto, la solución estructural aún está en proceso.

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En ese vacío, las trampas artesanales han ganado legitimidad. No sustituyen la tecnología de gran escala, pero la complementan.

En los ranchos de Chiapas, la escena se repite: una botella colgada de un árbol, balanceándose apenas, invisible para quien no sabe qué busca. Dentro, sin embargo, ocurre una batalla silenciosa. Una que, por ahora, contiene el avance de una plaga que nunca debió volver.