En la actualidad, la discusión energética parece concentrarse sólo en episodios coyunturales. No obstante, el fondo tiene también una capa estructural, pues no se trata sólo de la estabilidad de los mercados, sino de una reconfiguración del poder económico que gira en torno al control de la energía en un contexto de transición.

El caso del estrecho de Ormuz lo ilustra con claridad. A casi dos meses del conflicto, la pérdida acumulada ronda los 550 millones de barriles de crudo, cerca del 2% de la producción anual global. A ello se suma una merma mensual de 7 millones de toneladas de gas natural licuado, también en torno al 2% del suministro mundial; pero no se trata sólo de un problema de precios, sino de disponibilidad y control.

De hecho si bien la reacción de los mercados pareció un tanto contenida, hay que tener presente que ello respondió a condiciones específicas; pues al inicio del bloqueo existía un volumen elevado de petróleo en tránsito que amortiguó el impacto; sin embargo, al día de hoy ese margen, se ha reducido. En Asia, por ejemplo, las reservas comerciales –excluyendo China– cayeron en un 11%; dejando al continente, que solía recibir cuatro quintas partes de las exportaciones del Golfo, en una situación especialmente delicada.

Además, la escasez de materias primas llevó a las refinerías asiáticas a reducir su procesamiento en más de 3 millones de barriles diarios, es decir, cerca del 10% de su capacidad; al tiempo que los precios de los combustibles refinados han aumentado de forma sostenida. Actualmente, la gasolina se acerca a los 120 dólares por barril, el diésel a 175 y el combustible para aviación a 200.

Este episodio, además, se inserta en una competencia más amplia entre las principales potencias. Estados Unidos ha reforzado su posición con la expansión de hidrocarburos, pasando de ser el mayor importador a uno de los principales exportadores de petróleo y el mayor exportador de gas natural. China, por su parte, ha avanzado en la descarbonización y en el control tecnológico, concentrando cerca del 80% de la cadena fotovoltaica global e instalando –tan solo en el primer semestre de 2025– más capacidad solar que el resto del mundo en conjunto.

Esto es importante tenerlo en cuenta, puesto que aquí es donde la disrupción coyuntural y la transición estructural convergen. En el caso estadounidense, la apuesta por el dominio energético busca convertir la abundancia de recursos fósiles en una herramienta de política exterior. En paralelo, China ha reconocido los riesgos de su dependencia energética y ha orientado su estrategia hacia la inversión masiva en energías renovables y tecnologías limpias, con el objetivo de reposicionarse en el sistema energético del futuro.

Por lo que más allá de cómo evolucione el conflicto en el estrecho, conviene no perder de vista esta doble capa. La presión inmediata sobre la oferta energética convive con una transformación más amplia en la que se redefine quién produce, quién controla y quién fija las condiciones del mercado. En ese cruce, la disputa no es sólo por el suministro presente, sino por el diseño del sistema energético global en las próximas décadas.

 

•       Consultor y profesor universitario

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