En 1969, Sherry R. Arnstein, urbanista y activista estadounidense, publicó el artículo Una escalera de participación ciudadana. En este desarrolla ocho tipos de participación y no participación que representan la incidencia que tienen los ciudadanos en la toma de decisiones de interés público. Para ello utiliza como analogía una escalera de ocho peldaños, donde los más bajos son los de menor influencia y los más altos los de mayor poder.

A los primeros dos peldaños, manipulación y terapia, los clasifica como de no participación. Son elementos de simulación de la autoridad para hacer creer a las personas que sus opiniones son valoradas. Los siguientes tres, categorizados como tokenism (simbólica o falsa inclusión) son un paso hacia arriba en los que se abre el foro a las opiniones, sin garantía de que serán escuchadas: información, consulta y aplacamiento.

Los peldaños más altos de la escalera incluyen la coparticipación, delegación de poder y control. Aquí es cuando el ciudadano se hace presente y la sociedad se vuelve partícipe de las decisiones que determinan su calidad de vida.

El domingo pasado hubo votaciones en la Ciudad de México para elegir a quienes serán, por los próximos tres años, representantes vecinales —integrantes de las Comisiones de Participación Comunitaria (Copaco)— en nuestras colonias. También se eligieron los proyectos que se desarrollarán con el presupuesto participativo (4% del presupuesto asignado a las alcaldías), en la Unidad Territorial en donde vivimos.

Regresando a Arnstein, podemos clasificar a las Copacos en los peldaños centrales de su escalera, específicamente en el de aplacamiento. Es en este nivel en el que se comienza a tener cierto peso ante las autoridades. Aunque su impacto es modesto, es un espacio de poder que permite a vecinos unirse por alguna causa común, levantar la voz y, en ocasiones, obtener resultados favorables.

En el caso del presupuesto participativo la incidencia de la comunidad es más clara. Podríamos ubicarlo en uno de los peldaños más altos, el de delegación de poder. Aquí el ciudadano tiene la oportunidad de decidir sobre el destino del dinero público con el fin de mejorar su entorno más inmediato.

De acuerdo con el Instituto Electoral de la Ciudad de México (IECM) la participación en la consulta del domingo fue del 6.4% de la lista nominal. Los proyectos presentados y dictaminados como viables reflejaron una respuesta positiva, demostrando que hay vecinos que se informan y entienden la importancia de involucrarse en la cosa pública. Son ellos quienes deciden subir la escalera y tratar de alcanzar los peldaños más altos. Sin embargo, cuando es momento de ir a votar, queda patente el escaso interés de la ciudadanía en los asuntos colectivos.

La participación ciudadana es fundamental para evitar que el gobierno siga concentrando más poder —y acaparando todos los espacios de decisión— mientras nosotros nos vamos debilitando como sociedad. Nuestro compromiso con la democracia no debe tomarse a la ligera, menos en estos tiempos. Involucrarnos desde lo local, lo más cercano —como la calle y la manzana donde vivimos— es el primer paso para ascender en esa cada vez más empinada escalera.

 

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