(profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)
Ayer no hubo “cruzazuleada”, pero sí tráfico en el sur de la CDMX. El futbol influye en la vida de las ciudades y de los países. Es ingenua la frase: “no mezclemos fútbol y política”. El balón nunca rueda en el vacío. Las banderas, los himnos, los uniformes y los jefes de Estado en el palco no son simples adornos. El mundial de fútbol nunca ha sido sólo fútbol.
Mussolini convirtió el Mundial de Italia 1934 en vitrina de fuerza y disciplina política. Italia ganó en casa y el régimen presentó el triunfo como si fuera una demostración de superioridad nacional. Se dice que Mussolini amenazo de muerte a sus jugadores si perdían.
Cuatro años después, Francia 1938 ya olía a guerra. Austria había desaparecido del mapa futbolístico, devorada por la Alemania nazi. Europa estaba tensándose, militarizándose, preparándose para la catástrofe. Italia volvió a ganar y el triunfo fascista quedó inscrito en un continente que enfilaba rumbo el abismo.
México 1970 fue el torneo del color, del Estadio Azteca, de Pelé y del Brasil más bello que se recuerda. Pero también fue el México que quería proyectarse moderno después de los Juegos Olímpicos de 1968 y de la herida de Tlatelolco. El país mostraba estadios, fiesta y organización, pero debajo seguía latiendo una memoria política incómoda.
La dictadura militar organizó el Mundial Argentina 1978 mientras funcionaban centros clandestinos de detención. Argentina ganó su primer título y la junta intentó convertir la alegría popular en lavado de imagen internacional. Papelitos, goles, estadios llenos y propaganda. La fiesta convivía con el horror. Pocas veces el contraste entre euforia deportiva y represión política ha sido tan obsceno.
En México 1986, Argentina venció a Inglaterra cuatro años después de la Guerra de las Malvinas. Maradona hizo la “Mano de Dios” y el “Gol del Siglo”. Trampa y genio, astucia y belleza, revancha popular y teología futbolera. Aquel partido no cambió la historia militar, pero sí ofreció una compensación simbólica.
Por eso conviene abandonar la ingenuidad. El Mundial no es un simple torneo. Es una ceremonia planetaria donde las naciones ensayan cómo quieren ser vistas. A veces muestran grandeza; a veces esconden violencia; a veces fabrican unidad; a veces revelan sus fracturas.
La pelota rueda, sí. Pero nunca rueda sola. La empujan los jugadores, los pueblos, las televisiones, los gobiernos, las heridas históricas y las ambiciones de poder. Este mundial será clave para el gobierno de México. Nuestros político saben que deben limpiar la imagen de México, mostrar que no somos un país dominado por el crimen organizado y el desorden. Es una oportunidad de oro para el gobierno, pero también un riesgo. Habrá turistas y periodistas extranjeros que tomarán nota de todo lo bueno, pero también de todo lo malo que vean en las calles y estadios.
