México empieza a estancarse. En mi mente imagino una rivera por la que corre el agua de lluvia cayendo en cascada hacia un río que desemboca en una presa que abastecerá de agua limpia a una gran comunidad. El país es el caudal que viaja cada vez más lento ante los bloqueos que le impiden fluir con soltura hacia su destino. Cada día que pasa hay un mayor riesgo de obstrucción.
La relación de políticos de Morena con el crimen organizado no es solo un problema de la Presidenta y su grupo político, es un problema de todos. La posible injerencia estadounidense en nuestros asuntos internos, ni se diga. Las desapariciones, corrupción y violencia, no son heridas del gobierno, sino de la sociedad. La economía paralizada, la falta de inversión y el aumento desmedido de la deuda, son amenazas al futuro del país. Podríamos seguir.
Llega el momento en que el asunto se vuelve muy serio. Ya no solo es la crítica al gobierno lo que debiera ocupar la tinta de quienes opinamos en un medio de comunicación, sino el reconocer que el caudal somos todos y juntos tenemos que lograr que fluya con mayor soltura. La preocupación del estado en que se encuentra la nación es legítima y pasa por el gobierno, la oposición y la sociedad; transita por nuestra historia y nuestra cultura.
Son pocos los destellos de luz que permiten vislumbrar una salida. Cuando debiéramos estar dialogando y construyendo acuerdos nacionales, seguimos prisioneros del encono y la polarización. Desde el gobierno se toman decisiones que parecieran estar diseñadas para intensificar la división. La irrelevante oposición no deja pasar la oportunidad de aprovechar los errores de quienes hoy ostentan el poder abonando así al círculo vicioso.
Durante décadas hemos visto cómo el país sobrevive a las crisis, se adapta a los golpes y al saqueo y encuentra camino para seguir adelante. Nos hemos acostumbrado al deterioro y a la mediocridad. Quizás nuestro problema más profundo es que hemos aprendido a normalizar lo inaceptable —a callar— y a pensar que el río encontrará por sí solo afluentes para seguir su camino. Hoy, sin embargo, no parece ser el caso.
Se acaba el tiempo. Se esperaría que Sheinbaum fuera la adulta en la habitación y se convirtiera en una líder para todos y no solo para los que coinciden con su movimiento. Sueños guajiros. En el mitin por el festejo de los dos años de su triunfo electoral, la jefa del Estado mexicano dio claras señales de que la estrategia de polarización se intensificará conforme avance el proceso electivo del 2027 —al que dio banderazo de salida aquel día y del que será protagonista.
No lograr acuerdos debilita la política, agrava los problemas y, cosa alarmante, fortalece a las organizaciones delictivas, que, ante un Estado —y sociedad— débiles y divididos, ven la oportunidad de seguir ganando terreno. Si no empezamos a quitar esas trabas que impiden que el caudal retome su fuerza, quedaremos estancados en el espejismo de un futuro que ya solo existe en nuestra imaginación. Es la Presidenta quien puede dar el primer paso y encabezar la limpieza que permita que el río tome libremente su cauce. ¿Lo hará?
@isilop
