Héctor Zagal, columnista.
Especial

Héctor Zagal (profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)
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México tiene una especialidad que no aparece en los folletos turísticos, pero bien debería: la improvisación de alta escuela. Somos capaces de ‘resolver’ en tres horas lo que debió planearse en tres años. Conseguimos sillas, café, mariachi con todo y tarima mientras el invitado va subiendo las escaleras. Si el mundo tuviera una Copa Mundial de ‘Ahí vemos cómo le hacemos’, México la ganaría contundentemente.

El Mundial nos está regalando una nueva exhibición de esa virtud nacional –o vicio, según se quiera ver. La remodelación del aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México no quedó listo a tiempo. Ya casi. Sorprende que hayan pasado tantos años sin una modernización seria del principal aeropuerto del país. El Mundial vino a cobrar, con intereses, esa deuda acumulada. En México demasiadas veces la acción no nace de la prudencia sino del susto.

Otro ejemplo está en el violeta que tomó a los capitalinos por sorpresa. Queda la sensación de que, a falta de una identidad urbana sostenida durante años, se le echó por encima una capa de pintura para maquillarla. (Tan bonito que era el rosa mexicano que se utilizó hace dos sexenios para la CDMX). Y, para echarle sal a la herida, la semana pasada la CDMX se sorprendió al ver que, después de tantos esfuerzos por tapizar la ciudad de violeta, una vez más se realizaban obras para regresar las vialidades a su original color amarillo. Resulta que nadie en la larga cadena de mando se enteró que en ciertos lugares, el color está normado por seguridad.

Seamos serios. La improvisación mexicana tiene una grandeza real. En situaciones de emergencia, la capacidad de resolver problemas con “lo que hay” resulta admirable. Donde otros paralizan una operación a falta de un formato, aquí sabemos ingeniárnosla. Los terremotos que han azotado la capital nos recuerdan que la flexibilidad puede ser una virtud cívica. El problema comienza cuando confundimos emergencia con método.

Un asunto es improvisar ante lo inesperado, otra es vivir como si todo fuera inesperado. Gobernar un territorio exige disciplina, mantenimiento, continuidad, presupuestos serios. Un aeropuerto no se arregla con buenos deseos, ni una ciudad se organiza con dos o tres capas de pintura. La política pública no se sostiene con ocurrencias simpáticas.

Desde el 2018, México sabía que este año seríamos sede del Mundial. Esto obliga a preguntarnos si somos un país creativo o simplemente un país indisciplinado. Habrá quién aplauda porque, a pesar de todo, ‘llegamos’, pero ¿por qué tuvimos que correr? El Mundial pasará, el balón dejará de rodar, los turistas volverán a casa y los que nos quedamos deberemos sufrir la falta de planeación y mantenimiento que aflige a nuestro país.

Somos, sí, magos de la improvisación. Pero ningún país debería vivir permanentemente dentro del sombrero.

Profesor de la Facultad de Filosofía en la Universidad Panamericana