Miles de rescatistas, familiares y voluntarios excavan día y noche entre montañas de concreto en busca de sobrevivientes del doble terremoto que golpeó a Venezuela, una tragedia que, al cierre, deja casi mil 500 muertos y decenas de miles de desaparecidos.
La esperanza de hallar gente con vida bajo casi 800 edificios colapsados disminuye con cada hora que pasa. Los dos sismos, de magnitudes 7.2 y 7.5 y separados por segundos, sacudieron el miércoles a un país sumido en una profunda crisis política y económica.
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El estado costero de La Guaira, vecino de Caracas, quedó convertido en una zona de guerra con decenas de edificios que cayeron como castillos de naipes y los que siguen en pie quedaron agrietados e inhabitables.
En medio de la devastación, ayer surgió un atisbo de esperanza.
Rescatan a padre e hijo
Equipos de rescate extranjeros lograron sacar con vida a un hombre y a su hijo adolescente de entre los escombros de un edificio, casi cuatro días después del colapso.
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En otro punto de la zona afectada, durante el fin de semana, el rescate de un bebé atrapado conmovió tanto a los rescatistas como a quienes seguían las labores de emergencia.
Sin embargo, la población no esconde su ira por la lenta y escasa ayuda oficial.
El gobierno militarizó La Guaira e impuso un salvoconducto para que rescatistas, médicos y voluntarios accedan a la zona; la indignación llegó al punto de que decenas de vecinos forzaron a un grupo de militares a soltar el fusil y tomar picos y palas.
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El balance oficial alcanza los mil 450 muertos y 3 mil 150 heridos.
El gobierno evita hablar de desaparecidos, que la ONU calcula en unos 50 mil, dentro de un saldo potencial de casi siete millones de damnificados. Veinticuatro países han enviado más de 2 mil 700 rescatistas.
