Toyota anunció que se lleva su planta de Tijuana a Estados Unidos. Nada de qué sorprenderse. Es lo que debemos llamar nuestro paso diario rumbo al subdesarrollo, una expresión, creo, en desuso, pero que deberíamos revivir.
Francamente, ninguna describe mejor el camino en el que andamos desde 2018, porque, para usar una expresión popular que ni mandada a hacer, arrieros somos. Casi literalmente. Tipo arrieros de a huarache, y productores agrícolas de los de bastón plantador.
No era nuevo, pero hubo un momento en que parecía que ya no lo éramos tanto. El neoliberalismo. No es que fuéramos la Noruega o el Singapur de América Latina, por Dios, pero éramos la economía 12 o 13, había inversión extranjera y mexa, éramos parte de un tratado de libre comercio, lográbamos crecer al menos dos puntitos, se estaba construyendo un aeropuerto de verdad. Cosas así.
Entonces llegó el licenciado y logró convertirnos en una república bananera, para usar otra expresión de las de antes que hoy parece muy adecuada. Ya saben: que échense un taquito en el puesto de lámina, que las vacunas cubanas, que las fortunas invertidas en Pemex, que vengan los fideicomisos, que qué pena con Segalmex, que los dictadores de izquierdas dando y recibiendo medallas o saludando desde Palacio Nacional, que las broncas con la DEA y los “holis” y “gracias, lindos” al crimen organizado, que es pueblo.
De ahí pacá, tercermundismo –otra expresión antigua que viene como anillo al dedo– pero con Excel y cabeza fría. Es decir, reforma al Poder judicial, con acordeones; inversión en, básicamente, ceros, pero solventada con lo de “fijarse en el PIB es neoliberal”; fuga de capitales y de empleos, como ilustra el caso de Toyota; fin anunciado del T-MEC; la Suprema Corte comentando que igual y le mete un sablazo a tu afore o tu herencia; blindaje al precio que sea para Rocha Moya y compañía; empoderamiento de los sindicatos charros y los de golpeadores de extrema izquierda; derrames de petróleo y explosiones en refinerías que no producen otra cosa, y la ajolotización de la Ciudad de México para darle la bienvenida a los turistas futboleros, que no fueron cinco millones pero tal vez sí la décima parte, o la duodécima, recibidos por un aeropuerto con goteras, socavones y militares que te revisan el equipaje.
En honor a la verdad, el padre fundador de nuestro subdesarrollo 2.0 lo avisó. Acuérdense del trapiche de Gilberto, con su mula, para hacer juguito de caña a diez varos el vasito. Gilberto somos todos.
@juliopatan09
