Se terminó el Mundial para nosotros. Por unas semanas, nos olvidamos de política, economía, violencia —en junio los homicidios dolosos bajaron 33 por ciento respecto al mismo mes del año anterior— e incluso de la seriedad del trabajo. Mientras la selección avanzaba a los octavos de final de la manera más contundente de su historia, el sentimiento en las calles era de alegría, unión y esperanza. Cuanto más lejos llegáramos, el reloj que marca nuestra realidad se detendría por más tiempo. Pero el domingo, conforme los minutos del encuentro contra Inglaterra se consumían, los engranajes del reloj retomaban —de forma lenta pero decisiva— su marcha.

Dos distracciones defensivas, más un evitable derribo del portero sobre el extremo izquierdo británico, marcaron el alto a nuestras aspiraciones. El desenfoque del equipo mexicano —esta vez— empezaba un día antes del partido de México contra Ecuador, cuando uno de esos personajes —que hoy llamamos influencers— salió de ese mar de insignificantes creadores de contenido, y ejemplos a seguir de las juventudes digitales, para aparecer —sin explicarnos cómo—, en el Centro de Alto Rendimiento, para entregarles caros relojes a los seleccionados nacionales.

El creador (así les dicen) dijo vivir en México, amar y sentirse parte de nuestro país, además de tener un perro de nombre Juan Carlos. Así justificaba la razón (risas de fondo) de regalar, a toda la selección y staff, Rolex con valor de un millón de dólares. Relojes que marcan las horas de forma automática, marcaron también la emoción desmesurada de los futbolistas; como si la visita se las estuviera haciendo el espíritu del mismísimo Diego Armando Maradona.

Cuando los jugadores mexicanos habían tenido una inédita actuación, demostrado fortaleza y unidad; cuando nos habían mostrado madurez y concentración, dieron paso a la exhibición de sus flaquezas, de nuestras flaquezas como sociedad. Lampareados, gritaron emocionados ante un relumbrante discurso... y cedieron a la más corriente de las tentaciones: la de la superficialidad de estos personajes. No podía ser diferente cuando quienes dirigen el futbol mexicano siempre han priorizado los intereses económicos sobre la formación profesional de los jugadores.

En México no hay desarrollo de los potenciales talentos desde pequeños, tampoco seguimiento ni incentivos para quienes deciden buscar profesionalizarse en este deporte. No hay sistema, no hay método, no hay visión.

La participación de México ha sido satisfactoria para su afición, sin embargo —aunque nos duela—, nos quedamos como siempre en el ya merito. Vimos un equipo diferente, más profesional y consolidado como grupo, pero, tristemente, no pasamos a los cuartos de final. Esa es nuestra historia, y siempre lo será mientras no se haga algo estructural con el futbol mexicano.

Corre la parte final de la gesta mundialista, el reloj acelera su paso. En unos días será la final, el impresentable Infantino entregará al campeón la copa del mundo y el reloj volverá a marcar las horas. Como escribía Cantoral: ella se irá para siempre cuando amanezca otra vez; el tic tac nos recordará nuestro irremediable dolor. Reloj, no marques las horas porque vamos a enloquecer.

 

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