Las previsiones sobre la cumbre de la OTAN celebrada en Turquía se cumplieron. Una vez más, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, volvió a hacer el mismo examen de siempre a sus socios: aprobarlos o reprobarlos en función del capricho.

Todos pasaron por el aro. Todos tuvieron que rendirle pleitesía. Todos tuvieron que decirle el gran líder que era. Y entonces volvió a amenazar: quien no cumpliera con el requisito de destinar el 5% del PIB de cada país al gasto en defensa se las vería con él.

A España y a Pedro Sánchez les tocó taza doble. De hecho, Trump calificó a España como un socio "horrible" y llegó a plantear la posibilidad de romper las relaciones comerciales entre ambos países.

Así se las gasta el presidente de Estados Unidos, aunque ya son conocidos sus repentinos cambios de opinión. Donde dije digo, digo Diego.

Veinticuatro horas después aseguró que España era un socio serio y confiable. Y es que Trump no se entiende ni a él mismo. Va dando bandazos permanentemente. Pero todo ello le puede costar muy caro en las elecciones legislativas del próximo mes de noviembre. Él sabe que está jugando con fuego.

En la cumbre volvió a recordar, con su retórica amenazante, que Groenlandia podría ser de Estados Unidos o, al menos, quedar bajo su administración. También volvió a hablar de Irán y del régimen de los ayatolás, al que describió como "cucús", es decir, locos.

Las firmas de paz de Donald Trump no valen. ¿Cuántas veces, antes de anunciar una paz supuestamente duradera, dijo que ya habían logrado acabar con la guerra? Más de quince. Pero ni entonces ni ahora esas promesas se han cumplido.

Y ahí seguimos con el "líder" sin pies ni cabeza, esperando que algún día vuelva todo a la normalidad.

 

     @pelaez_alberto