Inició el sexenio. Parte de la sociedad aceptó con gusto el discurso del nuevo presidente, mientras para otros, predomina el miedo al PRI y el enojo a lo que llaman “imposición”. Mientras en san Lázaro se lograba una ceremonia ordenada, afuera ganaron los golpes y los insultos. Ese el país que recibe Peña: políticos más dispuestos a cooperar y una sociedad enojada, dolida, incrédula pero sobre todo dividida.
El discurso del presidente fue certero y puntual, incorporó diversas demandas sociales básicas. Mostró tener claras sus prioridades y los medios para lograrlos. No salió a pelearse ni a repartir culpas. Eficaz, sus afrontas se reflejaron en decisiones y nombramientos, no en ofensas.
Desparecer SSP (si lo logra) , poner a un hombre fuerte en la PGR, reactivar la ley de víctimas y construir un plan de prevención al delito son golpes fuertes a Calderón que las rechazó sistemáticamente. Poner a Chuayffet en educación, generar un censo (de maestros, alumnos y personal del sector) con INEGI y buscar un servicio profesional de carrera para el magisterio es una afrenta a la maestra Gordillo. Impulsar trenes en vez de carreteras son sin duda palabras ingratas para las grandes constructoras ganadoras del “sexenio de la infraestructura”.
Además, Peña parece entender la importancia de los contrapesos al interior del gabinete. Más que generar pleitos palaciegos pone hombres fuertes en las diversas dependencias que parecen respetarse entre sí. Más que a amigos, incluyó, en su mayoría, a elementos con experiencia, que parecen saber negociar. Su confianza y liderazgo determinarán la capacidad y posibilidad del equipo para avanzar en la misma dirección.
El discurso no enarbola la venganza ni la cacería de brujas. Habla de diálogo y colaboración entre poderes y ordenes de gobierno; de respeto y tolerancia. Centra su visión en el futuro y no en el pasado. Habla de acciones por hacer, no de críticas por lo no realizado. El discurso fue refrescante y bien complementado con el pacto del día siguiente. Más que visionario, se vende como un operador eficaz capaz de guiar a México por un camino que ya parece trazado, lo que llama “el momento de México”.
Tienen oficio y saben tejer fino por eso el PRI logó un espectáculo impecable. Pero, en el nuevo contexto, la instrumentación de las reformas y la penetración de su discurso en la sociedad serán tareas complejas. Deberán demostrar creatividad, paciencia y tolerancia para recuperar la credibilidad.
El reto no es menor porque la presión sube todos los días. El fin de semana presenciamos actos de violencia poco comunes en el DF. Vándalos o grupos de insurrectos, mostraron la afrenta social que Peña encuentra. Cambia el gobierno, pero la realidad de la calle sigue muy deteriorada. Según Lantia, en noviembre, las ejecuciones aumentaron en 33 por ciento y cerraron en 1233. En Baja California apareció una fosa con más de 100 cuerpos. La economía informal crece, las remesas se contraen 7% y AMLO mantiene sus cuestionamientos pero pierde control sobre los grupos más radicales.
Los mexicanos queremos orden pero no a costa de nuestra libertad. Con disciplina, el nuevo equipo puede restablecer el funcionamiento gubernamental, pero eso no es suficiente porque los incentivos de los actores políticos son los mismos. El diseño institucional nacional caducó y lo tendrán que transformar. Hasta ahora, Peña redujo la distancia entre sociedad y gobierno en palabras, tendrá que lograrlo pronto con hechos para calmar el manifiesto malestar social.
