Era evidente. Se trataba de una cuestión de tiempo. Desde el pasado 28 de febrero, cuando comenzó la guerra contra Irán, el presidente estadounidense Donald Trump ha cambiado de parecer en, al menos, una decena de ocasiones.

En un principio dijo que la guerra sería cuestión de dos días. Después habló de un conflicto que no duraría más de cuatro o cinco semanas. Llevamos ya casi seis meses. Todo ello, a pesar de la firma de la paz en el emblemático Palacio de Versalles, en Francia, y de los acuerdos alcanzados en la neutral Suiza. A la firma acudieron todos los actores involucrados, incluso algunos como Pakistán, para suscribir una paz que hacía agua desde el principio. Y así fue: en menos de un mes se vino abajo y estalló por los aires.

En realidad, nunca hubo paz. En ese corto espacio de tiempo se habían producido numerosas escaramuzas, suficientes para dinamitar cualquier intento de mantenerla.

En el otro lado está el pequeño país de Líbano y la posibilidad, nada desdeñable, de que pudiera ser fagocitado por Israel, aunque esa amenaza persiste desde la década de los sesenta.

Ha habido actores más preponderantes que otros y, sobre todo, más sanguinarios. Basta con observar al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, que ha actuado de manera indiscriminada hasta la supuesta caída del telón. Hoy, cuando ese telón parece haber caído, continúa empeñado en alimentar el sentido de la guerra. Y ahí está Donald Trump, moviéndose entre la vehemencia y el desconcierto, a la espera de las elecciones del próximo mes de noviembre.

Ese será un mes crucial. Los caprichos de Trump seguirán o cesarán en función de las posibilidades que tenga el actual inquilino de la Casa Blanca de conservar el control del Congreso estadounidense.

 

   @pelaez_alberto