La ciencia ficción anticipa o proyecta dilemas sociales. Ready Player One, cinta dirigida por Steven Spielberg sobre la novela de Ernest Cline, es un ejemplo. Aunque la trama transcurre en el año 2045, su principal advertencia pertenece al presente: una sociedad incapaz de encontrar satisfacción en su realidad inmediata busca refugio en el universo digital.
Wade Watts, protagonista de la historia, prefiere habitar la simulación virtual denominada OASIS antes de enfrentar un entorno físico. Esta ficción ofrece una metáfora sobre cómo el uso desmedido de teléfonos inteligentes, tabletas y videojuegos muta en un mecanismo de evasión colectiva.
Para millones de menores de edad, la pantalla dejó de ser una útil herramienta educativa o recreativa; ahora adquiere la compleja función de escudo emocional frente al aislamiento, ansiedad, acoso escolar y conflictos familiares crónicos.
Los datos del Inegi estiman en 104.9 millones los usuarios de internet el año pasado. El mayor nivel de conectividad se concentró entre 15 y 24 años; el smartphone es el dispositivo de acceso para el 97.3 por ciento.
Ante el impacto del abuso de pantallas, algoritmos de redes sociales e inteligencia artificial en el desarrollo cognitivo de la infancia, la presidenta Claudia Sheinbaum instruyó a la SEP a convocar un debate profundo respecto a las consecuencias del aislamiento digital y establecer bases para una eventual regulación, sin “demonizar” las herramientas.
Las pequeñas pantallas multiplican los contactos, pero no necesariamente fortalecen vínculos; una realidad que, como refiere la jefa de Gobierno, Clara Brugada, hace necesario replantear la importancia del bienestar emocional. “Durante mucho tiempo se pensó que la atención a la salud mental consistía en esperar que alguien levantara la mano para pedir ayuda”, recordó la mandataria al clausurar el ciclo escolar 2025-2026.
Esta preocupación gubernamental no es aislada, ya hay esfuerzos globales consolidados. Francia prohibió el acceso a redes sociales para menores de 15 años, como ya lo hace Australia con las plataformas Facebook, Snapchat, TikTok y YouTube.
La realidad imita a la ficción: comunidades enteras permanecen seducidas por entornos virtuales diseñados para generar dopamina mediante gratificación inmediata, estímulos efímeros incapaces de sustituir la convivencia comunitaria, el juego libre o el desarrollo personal saludable.
Ready Player One resulta esclarecedora para el debate político actual: desconectar el mundo virtual ciertos días de la semana permite redescubrir el valor de la vida comunitaria.
Tal determinación simbólica encierra un principio elemental: los dispositivos digitales deben enriquecer la experiencia humana, jamás suplantarla.
@guerrerochipres
