Desde hace un par de años, cuando surgió el término “Nini” (ni estudia ni trabaja) se etiquetó a los jóvenes de entre 14 y 29 años como apáticos y violentos. La administración anterior catalogaba a los recién involucrados en el crimen organizado como ambiciosos y sin valores, sin reflexionar sobre las opciones que el país brinda a la juventud mexicana.

 

Según el censo de 2010, hay 21 millones de jóvenes entre 15 y 24 años de edad, de los cuales, unos 5.7 millones viven en zonas metropolitanas (más de 500 mil habitantes) y 4.1 millones viven en ciudades de entre 100 mil y 500 mil habitantes.

 

Hay 5.5 millones que no concluyeron la secundaria, y otros 4.5 millones que sólo la terminaron. A partir de tercero de secundaria, la deserción escolar se dispara con un sesgo entre los más pobres. Por ejemplo, en promedio, 70.1% de los chicos de entre 13 y 19 años asiste a la escuela, pero del 20% más pobre, sólo va 61%, contra 88% de los más ricos. La disparidad es peor para los jóvenes de 20 a 24 años, entre los cuales la asistencia escolar promedio es de 28.7% pero, para el quintil más pobre ésta es de sólo 13.1% contra 51.4% de los más ricos.

 

De los 7.8 millones de los mal llamados “ninis”, más de 80% son mujeres. La brecha de género en ocupación se complementa con la de deserción escolar. Hay 15.6 millones de chavos entre 14 y 19 años que sí trabajan pero 8% trabaja sin remuneración o en condiciones precarias.

 

¿Cómo responde el Estado mexicano?

 

Entre los 0 y los 29 años, sólo 55% tiene algún seguro médico.

 

La tasa nacional de embarazos entre las jóvenes de 14 a 19 años se mantiene alta por falta de información para prevención. Ellas son las que menos acceso tienen a servicios de salud sexual y reproductiva pero son criminalizadas si interrumpen su embarazo.

 

El presupuesto de egresos de 2013, asigna unos 138 mil millones de pesos a programas para jóvenes pero más de 90% se canaliza a través de SEP. Hay 35 programas de salud, educación y desarrollo social para juventud pero pocos canales de focalización. Casi todo se distribuye a través del seguro popular y oportunidades. Las otras necesidades se atienden marginalmente.

 

Los jóvenes de bajos recursos fácilmente desertan de las escuelas cuyos programas consideran aburridos. Empiezan a temprana edad su actividad sexual sin prevención (con frecuentes embarazos no deseados) y el consumo de drogas. Esto se traduce rápidamente en violencia dentro y fuera del hogar y reduce la probabilidad de acceder a empleos formales. Las actividades informales o ilícitas son casi la única salida, mientras las autoridades financian una alberca para Michael Phelps en Paseo de la Reforma.

 

Si el análisis de las cifras es aterrador, las historias individuales son peores y explican por qué las principales causas de muerte de los jóvenes son accidentes y homicidios.

 

En Nexos de julio, José Merino muestra cómo los jóvenes en rezago educativo son la carne de cañón de la guerra. La falta de atención pública y privada y la ausencia de oportunidades económicas, aunadas a un sistema educativo deficiente y un pobre sistema de impartición de justicia, son una bomba. Por diseño, el Estado no contiene sino promueve el fracaso de los jóvenes. Objetivamente, el destino de un joven de clase baja promedio se parece más al de Heli (de la película de Amat Escalante) que al del joven exitoso y resiliente que quisiéramos a cargo de la construcción de la Nación.

 

En medio del bono demográfico, México carece de políticas de juventud. La participación juvenil en actividades ilícitas prueba su fuerza más que su apatía. Los criminales canalizan esa energía, mientras el gobierno la estigmatiza. Es tiempo de romper esa inercia y poner a los jóvenes en el centro de la transformación nacional no en los centros penitenciarios.

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