Es un Frankenstein devorando lo que encuentra a su paso en la ruta Bagdad-Tel Aviv, y en todas aquellas zonas que simbolicen elementos de venganza. Se trata del Estado Islámico, cuya bacanal sangrienta, al parecer, se acentúa durante el ramadán. Ayer demostró músculo en tres continentes al matar a más de 60 personas, chiítas y occidentales.

 

El Estado Islámico es un Frankenstein que lo mismo retorna al año 1258 para recordarnos al desastroso hito provocado por los mongoles, precisamente entre Bagdad y lo que hoy es Israel: la destrucción de un califato salafista (sunita híper radical), pero que, al mismo tiempo, también se desliza entre la modernidad tecnológica de Estados Unidos al utilizar las redes sociales y armamento sofisticado en su intento de reinstalar el califato.

 

Pero no es necesario viajar hasta 1258 para intentar comprender el móvil fanático de los terroristas islamistas. Hace un año, durante el lanzamiento mediático del Estado Islámico, Abu Safiyya, por cierto de origen chileno quizá para revelar la visión global del movimiento armado, comentó que el Estado Islámico tendía como objetivo desmantelar lo que en 1916 Francia Gran Bretaña se repartieron: Siria e Irak; hoy, coordenadas del califato.

 

Pero si queremos contemporizar miles de años tendremos que pasar por la Primavera Árabe. Ese lapso que parecía ser una fiesta democrática ha pasado a ser un invierno regresivo.

 

Túnez, Egipto, Siria y Yemen enredados por Twitter y Facebook y con la esperanza de ser retuiteados por demócratas acabaron siendo aprovechados por el Estado Islámico. Túnez es la excepción; fue el país en el que inició la Primavera y al parecer el único donde se instaló pero con un costo de dos atentados en lo que va del año.

 

El Estado Islámico ha sido armado y financiado por Arabia Saudita, Qatar y Kuwait con la esperanza de ver la caída de Bachar al Asad, el dictador sirio. Cuatro años de intento y, el último, con el grupo armado islamista controlando la mitad del país, y sin embargo, Al Asad continúa gobernando, eso sí, un estado fallido.

 

Irak se deshace en tres. Sunitas, kurdos y chiitas. Otro estado fallido, tanto, que los kurdos quieren independizarse. En Egipto la Primavera Árabe sorprendió al mundo entero. Llegó al poder la Comunidad Musulmana a través de las urnas. Hoy, Mohamed Mursi, el que fue el presidente, está en la cárcel y ya lo sentenciaron a pena de muerte. ¿Quién? Un golpista, el general Al Sisi.

 

Yemen es otro estado fallido. El país se ha convertido en un campo de batalla entre Irán y Arabia Saudita.

 

Y así llegamos a los atentados del día de ayer en los que el Estado Islámico enseña músculo en su primer aniversario de vida. Atacó simultáneamente en tres continentes cuyos objetivos claros fueron, como mencioné líneas arriba: chiitas y occidentales. Y, por si fuera poco, Túnez como escenario fatal en uno de los tres ataques. El país “rebelde” que ha apostado por la democracia y cuyo turismo gravita de manera importante en su economía.

 

Al haber atacado en Kuwait, se sobreentiende que el Estado Islámico está fuera de control. Así quiso celebrar su primer aniversario.

 

Hace unos meses, en Australia, los servicios secretos revelaron que era inminente un ataque de los islamistas radicales. Tenían información sobre la forma en que lo harían: en la calle, un cuchillo y a cualquier persona que pasara caminando. Así de sencillo, como si de un video juego se tratara.

 

¿Qué sigue? Abu Bakr al-Bagdadi, el nuevo profeta, es decir, la cabeza del Estado Islámico fue ex carcelado por el ejército estadunidense en 2009 en Irak. Al salir de la celda le dijo a uno de los soldados: “Nos vemos en Nueva York”. Seis años después, el Estado Islámico ha logrado trastocar el mapa de Oriente Próximo como no lo habíamos visto desde la primera guerra mundial.

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