Hasta ahora ninguno ha descifrado el acertijo. Ni del lado de la Presidencia de la República, ni por parte de quienes han llevado las riendas del partido en el poder.
Porque ni el jefe del Ejecutivo en turno ha sabido respetar y mantener la distancia adecuada frente al presidente de su partido; ni el líder del partido ha sabido acompañar al presidente de la República sin terminar enfrentándose al poderoso de Los Pinos, o convertido en un mero ujier de la casa presidencial.
Lo mismo les ocurrió a los panistas que a los priistas. En las últimas tres décadas al menos, ninguno de sus hombres en el poder ha logrado encontrar el justo medio en esta relación.

Echemos un rápido vistazo:
Hacia finales de los 80, el PRI, todavía partido de Estado, vivió una pugna entre técnicos y políticos y terminó quebrándose luego de que Miguel de la Madrid impuso a Carlos Salinas de Gortari como candidato presidencial.
Jorge de la Vega Domínguez, entonces presidente del PRI, no supo ni pudo con la rebelión de los priistas, encabezados entonces por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, quienes terminaron abandonando las filas del PRI.
Salinas intentó reforzar a su partido con Luis Donaldo Colosio; lo llevó hasta la antesala de la Presidencia de la República; pero lo asesinaron en plena campaña.
El priismo quedó a la deriva: sin abanderado presidencial y con un presidente del PRI, Fernando Ortiz Arana, al que el presidente de la República ni estimaba, ni le confiaba. El abismo entre ellos abriría el camino a Ernesto Zedillo y a la peor pesadilla de los priistas.
Porque con Zedillo llegó la famosa “sana distancia”. Una gran mentira, dicho sea de paso, pues nunca antes un presidente de la República había sido tan injerencista y desaseado como Zedillo con el partido que lo llevó al poder. Al grado de imponer ¡seis presidentes del PRI a lo largo de su mandato!
Mayor sabotaje no pudo haberle hecho al partido. De ahí que muchos priistas responsabilicen a Zedillo de la derrota presidencial de 2000. Beltrones, entre ellos. Por ello declaró hace unos días que la “sana distancia” no había sido tan sana.
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NI LOS PANISTAS LE HALLARON LA CUADRATURA.- Con el PAN en el poder ocurrió otro tanto. Vicente Fox, que realmente no era un panista de cepa, nunca hizo clic con el partido cuyas siglas utilizó para alcanzar la Presidencia de la República. Cada uno terminó andando por su lado.
Felipe Calderón Hinojosa, él sí panista de pies a cabeza e incluso ex presidente de Acción Nacional, fue sin embargo de lo más irrespetuoso y grosero con su partido. Le impuso a dos presidentes: César Nava y Germán Martínez. Apenas si duraron en el cargo.
Intentó imponer a un tercero, a Roberto Gil Zuarth, pero los propios panistas le dieron la espalda. Ganó Gustavo Madero. La relación fue tan mala entre Calderón y Madero que terminaron el sexenio sin dirigirse siquiera la palabra.
El acertijo de la relación presidente de la República y presidente del partido en el poder siguió sin resolverse.
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¿PRESIDENTE DEL PRI O DEL PRESIDENTE?- Ya con Peña Nieto en la silla presidencial, César Camacho poco hizo valer su papel de dirigente nacional del PRI. Más bien fungió como empleado del Presidente de la República.
Toca el turno a Manlio Fabio Beltrones.
-¿Serás un presidente del Presidente (de la República)?-, le preguntó el periodista Ciro Gómez Leyva al sonorense.
Beltrones dudó brevísimos instantes (era su primera entrevista tras hacerse público que había recibido el beneplácito de Enrique Peña Nieto para encabezar al tricolor) y luego respondió con un matiz digno de subrayarse:
-Seré un presidente del PRI-, acotó en primera instancia;
Luego agregó: “Muy cercano al Presidente de la República y sin ninguna inhibición lo consultaré cuando sea necesario”.
Valga remarcar la respuesta y la entonación porque ahí viene una primera pista sobre cómo podría encarar Beltrones el gran desafío de su nueva encomienda: la relación entre el presidente del partido en el poder ante el Presidente de la República emanado de sus filas.
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GEMAS: Obsequio de Jesús Ortega, líder de la corriente perredista Nueva Izquierda: “La salida de (Andrés Manuel) López Obrador, lejos de fracturar, allanó el proceso de transformación del PRD”.
