Hay quienes se preguntan –y nos preguntan– por qué hay tanto rencor hacia el PRI: “¿Por qué nos pegan y nos reclaman tanto?”, inquieren.

 

En realidad, desde nuestro punto de vista, el enojo que se manifiesta –tanto a nivel empresarial como político y ciudadano– no va dirigido concretamente al PRI como partido, sino a la clase gobernante que encabeza Enrique Peña Nieto.

 

Cada grupo tiene sus razones. Unos, por las afectaciones que les provocaron las reformas estructurales y fiscales; otros, porque en las elecciones pasadas sufrieron tremendo revés y se vieron diluidos por el Pacto por México que suscribieron con el gobierno.

 

La mayoría –además de los unos y los otros ya citados–, por la enorme decepción ante las expectativas que se tenían sobre los priistas en general y respecto de Peña Nieto y su equipo en particular.

 

El voto para el retorno del PRI a Los Pinos tenía entre sus principales razones algo que estaba en el imaginario colectivo (vis a vis del fracaso del PAN): El profesionalismo de los priistas.

 

–Ellos sí son profesionales. Saben para qué es el poder y saben manejarlo–, se repetía ante la debacle panista y el horror de la violencia que les había alcanzado.

 

Pero resulta que no fue así.

 

Peña-NietoDespués de un primer año de ensueño para Peña al frente del Ejecutivo, las estrellas le volvieron la espalda. Ocurrió lo que ya todos conocemos: el Pacto se diluyó, los grupos criminales retomaron posiciones y las ejecuciones de Tlatlaya y los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos pusieron al gobierno contra la pared a nivel nacional e internacional.

 

Y no fue todo. El reclamo más extendido tiene que ver en realidad con el propio Peña Nieto: no colmó las expectativas de profesionalismo que se esperaban de él, como gobernante y como priista.

 

Porque al paso del tiempo quedó claro que había puesto en el gabinete y en posiciones clave a puros cuates, la mayoría mexiquenses, y por aquí y por allá fueron saltando situaciones que exhibían hechos de corrupción y/o cuando menos bajo conflictos de interés.

 

Resguardados bajo el subterfugio de la legalidad, la imagen del Presidente y su grupo cercano no tardó en derrumbarse.

 

La peor parte es que ni Peña ni su equipo cercano actuaron en consecuencia para recomponer la situación. Al contrario. Siguieron con la misma actitud. Y no sólo en lo que a meros negocios se refiere.

 

Varias decisiones políticas han exacerbado la irritación de grupos importantes de poder. Una en particular: la designación de Eduardo Medina Mora para ministro de la Suprema Corte.

 

(También habría que anotar, aunque en grado menor, “el premio” para Arturo Escobar en la Subsecretaría de Prevención del Delito de la Segob).

 

De ahí que ahora todo lo que “huela” a injerencia de Los Pinos sea mal visto o rechazado de antemano.

 

Y eso lo están sufriendo –más allá de sus merecimientos o no– el senador con licencia Raúl Cervantes, quien aspira(ba) a un espacio en la Suprema Corte, y el ex subsecretario para América del Norte de la Cancillería, Sergio Alcocer, que va en busca de la Rectoría de la UNAM.

 

Ellos están pagando el enojo de distintos sectores para con el Presidente de la República.

 

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TAMBIÉN EL PRESIDENTE HACE CORAJES.- En los Pinos, Enrique Peña Nieto también pasa malos ratos. Algunos de quienes laboran cotidianamente intramuros, refieren que el Presidente “hace muchos corajes”.

 

–Cuando no le brinca una cosa, le brinca otra. Y lo que de peor humor lo pone es que algo de eso (de los errores o los problemas que surgen) se publique en los medios…–, nos cuentan.

 

De ahí que su política de prensa sea o color de rosa o que trascienda lo menos posible de lo que realmente acontece.

 

Ayer, por ejemplo, se reunió durante casi cuatro horas con su gabinete. El boletín oficial del encuentro es de lo más anodino. Apenas una idea rescatable para el respetable.

 

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GEMAS: Obsequio del secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong: "México avanza en el tema de los derechos humanos”.

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