Héctor Zagal
(Profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)
La caída de México-Tenochtitlan, el 13 de agosto de 1521, no fue obra de un puñado de españoles que derrotaron por sí solos a un imperio. Hérnan Cortés venció porque logró articular una enorme alianza indígena contra los mexicas. Tlaxcaltecas, totonacas y otros pueblos vieron en los recién llegados la oportunidad de sacudirse una hegemonía que exigía tributos, imponía obligaciones y había acumulado enemigos.
Por eso resulta engañoso contar la Conquista simplemente como una guerra entre españoles e indígenas. En buena medida fue también una guerra entre indígenas, en la que los españoles aportaron dirección militar, caballos, armas y una capacidad política notable para explotar rivalidades preexistentes. A ello se sumaron las epidemias y el terrible desgaste del sitio.
La conquista no es algo para celebrarse. Ninguna conquista lo es. Ni las de Napoleón Bonaparte, ni las de Alejandro Magno, ni las de los Hernán Cortés, ni las de Moctezuma.
Se atribuye a Jaime Torres Bodet una frase afortunada: la Conquista «no fue triunfo ni derrota». La expresión puede entenderse como una advertencia contra las lecturas demasiado simples. No venció España sobre «los indios», porque miles de indígenas participaron del lado vencedor; tampoco desapareció el mundo indígena con la caída de Tenochtitlan. De aquella catástrofe, de aquellas alianzas, violencias y negociaciones surgió una sociedad nueva.
El 13 de agosto de 1521 cayó Tenochtitlan. No terminó México. Comenzó, de manera dolorosa y contradictoria, otro México.
Puedo apretarlo todavía más, a unas 180-200 palabras, si el espacio que tienes es muy corto.
