Héctor Zagal (Profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)
Las vacaciones empiezan con una idea muy rara: no estar. No estar en la oficina, no estar frente al correo, no estar disponible. La palabra viene de lejos, vacatio, exención, dispensa, ausencia. Vacar es quedar libre de una obligación. Dicho en términos modernos: apagar el celular sin culpa, cerrar la laptop y aceptar que el mundo, contra toda predicción empresarial, puede seguir girando sin nosotros durante unos días.
Pero no siempre fue así. Durante buena parte de la historia descansar fue un lujo. Había días santos, desde luego. El calendario cristiano, como antes los calendarios antiguos, separaba ciertos días para Dios, para la comunidad, para la liturgia, para la feria, para la plaza. De ahí viene también la palabra inglesa holiday. Pero una cosa es que el calendario interrumpa el trabajo por motivos religiosos y otra muy distinta que un obrero, una empleada, un maestro, una enfermera o un dependiente tengan derecho a irse unos días y seguir cobrando.
Ahí está la revolución verdadera. No en el viaje, sino en el pago.
Porque descansar sin salario no es descanso: es angustia con sandalias. Para el rico, las vacaciones eran ociosidad elegante que suele retratarse con sombrero blanco y novelas gruesas. Para el trabajador, en cambio, dejar de trabajar significaba dejar de comer. El cuerpo podía pedir pausa, la familia podía pedir tiempo, la mente podía pedir aire, pero la renta, el panadero y el dueño de la tienda no solían aceptar argumentos filosóficos. La necesidad es una patrona bastante estricta.
Por eso las vacaciones pagadas son una de las grandes conquistas sociales de la historia moderna. A veces las tratamos como si fueran un trámite administrativo, pero detrás de esos días hay huelgas, sindicatos, leyes y una idea casi escandalosa para el viejo mundo industrial: el trabajador no es una máquina a la que se le engrasa para que produzca más; es una persona que tiene derecho a vivir también fuera del trabajo.
Ahora bien, el gran enemigo contemporáneo de las vacaciones no siempre es la ley, sino la disponibilidad permanente. Antes uno se iba y realmente se iba. Hoy el trabajo viaja en el bolsillo. El jefe manda mensajes “sólo para revisar algo”. El correo electrónico atraviesa montañas, playas y cenas familiares con una eficacia que envidiaría cualquier imperio. Por eso quizá necesitamos recuperar el significado radical de la palabra: vacar, quedar libres, estar ausentes.
Porque poder decir “no estoy”, esa frase ganada a pulso por generaciones de trabajadores, es una de las formas más civilizadas de afirmar que la vida humana vale más que su utilidad.
