Aquella mañana del sismo de 1985 tomaba un café en el departamento donde vivía, en una zona céntrica de la Ciudad de México. De pronto, todo comenzó a zangolotearse; los muros a crujir, los cuadros a caer, los libros a volcar, los vidrios a estallar.

 

Oscilatorio…, trepidatorio…, oscilatorio… No sabíamos cómo sostenernos ni qué hacer. Sólo suplicar que por favor terminara.

 

¡Que pare! ¡Que pare!, oía gritar entre rezos y llanto.

 

Duró una eternidad. El tiempo y la intensidad suficientes –8.1 grados en la escala de Richter– para hacer caer edificios, derrumbar hospitales, tirar escuelas, sepultar bajo los escombros a familias enteras, arrebatarnos amigos y dejarnos sin compañeros de trabajo.

 

Esos primeros minutos que siguieron al terremoto parecían deslizarse en cámara lenta y una densa nube de polvo amarillento comenzó a alzarse, a rodearnos, a cubrirnos por completo.

 

Al rugir de la tierra y el estruendo de los derrumbes siguió un silencio pesado que ahogaba el llanto, los gritos y el miedo.

 

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Luego, el cruce de miradas, el volver en sí; mirar en derredor y comenzar a darse cuenta de lo que estaba aconteciendo. ¡Y como locos!, entonces sí, gritar los nombres de los seres queridos y a mano limpia quitar escombros en busca de los nuestros, de los otros, de cualquier ser con vida.

 

Ulular de sirenas, brigadas de colonos, niños, mujeres, jóvenes y viejos comenzaron a ayudarse unos a otros. A nadie pidieron permiso. Los líderes naturales surgieron en el momento y la gente se organizó como nunca, durante días enteros, tratando de salvar vidas.

 

Unos la hacían de topos, otros preparaban comida, los más apoyaban y escarbaban hasta donde podían; conseguían palas, picos, llamaban doctores, ambulancias, conseguían agua, prestaban linternas… Entre todos formaban una red improvisada que funcionaba maravillosamente en tamaña emergencia.

 

El reloj de la H Steel, situado a un costado del famoso Hotel Regis (ambos sucumbieron al sismo y hoy en su lugar está la Plaza de la Solidaridad, a un lado de la Alameda) cayó al piso marcando la hora fatídica: las siete de la mañana con 19 minutos.

 

Todavía varios días después del sismo –¡cuatro!–, varios bebés fueron rescatados bajo los escombros de la sección de maternidad del Hospital General. Casi todos perdieron a sus madres aquella mañana del 19 de septiembre de 1985. Hace exactamente 30 años comenzó el temblor que más daño ha causado a la Ciudad de México.

 

Las cifras oficiales que manejó el gobierno de Miguel de la Madrid apuntaron en aquel entonces a poco más de tres mil muertos. Sin embargo, transcurrido el tiempo –a 30 años de distancia– funcionarios que laboraron en esa etapa y fueron testigos de lo sucedido afirman que la cifra de fallecidos por el sismo llegó realmente a 30 mil.

 

Algún día seguramente nos contarán ese episodio tal como fue.

 

Lo que no pudieron borrar, esconder y mucho menos evitar, fue el despertar de la conciencia cívica que ahí se dio. Otro México nació entonces: El mismo que 15 años después (en el año 2000) pugnaría –y lograría– sacar al PRI de Los Pinos y conseguir la alternancia en el poder.

 

Lástima que ese sueño –un sueño democrático en sus orígenes– terminara siendo un chasco y convirtiéndose en una pesadilla. Pero esa es otra historia.

 

Lo cierto es que aquella mañana del sismo le dio vuelco a nuestros corazones y que aquel ciclo que se abrió con el sismo de 1985 se ha cerrado.

 

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SE FUE ERACLIO ZEPEDA.- Qué mejor manera de recordarlo que como un contador de cuentos. En eso era magnífico el escritor chiapaneco. Escuchar de propia voz sus historias era uno de los más hermosos momentos que podía uno tener al lado de Laco Zepeda.

 

Y en ello, valga subrayarlo, era más que generoso el autor de Andando el tiempo, Benzulul, La espiga amotinada, Ratón-que-vuela.

 

Siempre se consideró hombre de izquierda. Lo subrayó incluso cuando recibió la medalla Belisario Domínguez el año pasado. Con ese sentimiento –y su inmensa ternura– partió hacia otros rumbos donde viejos compañeros de tertulia lo aguardan.

 

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GEMAS: Regalito del embajador de México en el Reino Unido, Diego Gómez Pickering, al encabezar la ceremonia del Grito en Londres: “¡Viva Porfirio Díaz!”

 

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