Héctor Zagal
@hzagal
(profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)
La Revolución francesa nació de la conversación. Del diálogo en plazas, clubes, cafés, en la Asamblea; pero también a través de periódicos, folletos y panfletos. Después de siglos de censura monárquica, la palabra pública se desbordó. Se discutía y criticaba lo mismo al rey que a la Iglesia, los precios del mercado o la propia Constitución. La libertad de expresión fue uno de los grandes triunfos de la Revolución. Lo irónico es que pocos años después esos mismos discursos a uno le podían costar la cabeza.
Con la excusa de defender la revolución, el Terror de Robespierre se encargó de producir una censura mucho más eficaz que la de los Borbones. Dejó de hacer falta un funcionario real revisando cada página antes de imprimirla, pues bastaba la sombra de la guillotina sobre el periodista para autocensurarse. Pasaron del lápiz rojo del censor a la amenaza directa de ejecución.
Francia no atravesaba una temporada tranquila. La joven República estaba en guerra contra monarquías europeas al tiempo que enfrentaba rebeliones internas. Sufría escasez y conspiraciones, algunas verdaderas y otras imaginarias. Por eso, en abril de 1793 se creó el Comité de Salud Pública, que suena al IMSS pero no buscaba encargarse de vacunar a la población sino ‘salvar a la República’. El Comité funcionaba como un gobierno de guerra que permeaba la totalidad de la vida pública.
El reducido número de hombres que conformaba el Comité estaba convencido de que, para defender la Revolución, es más importante la velocidad que los contrapesos. Aplicaron una vigilancia férrea donde los abusos se disfrazaban de virtud, de voluntad popular. Así, las opiniones disidentes comenzaron a desaparecer.
Camille Desmoulins, una de las voces más célebres de la Revolución desde sus primeros días, escribía, agitaba y conocía personalmente a Robespierre. Pero en su periódico, Le Vieux Cordelier, comenzó a pedir clemencia. Pedía detener el Terror, revisar las prisiones y liberar a quienes habían sido acusados sin razones suficientes (era común perder la vida por simples sospechas de no ser un buen republicano). Pedir misericordia, sin embargo, era ya una posición sospechosa. Desmoulins terminó en la guillotina junto con Danton, su mejor amigo y crítico de la represión.
Robespierre explicó su lógica en un discurso pronunciado en febrero de 1794. En tiempos de paz, decía, el gobierno popular se apoya en la virtud; durante la revolución necesita virtud y terror, pero especialmente esta última.
Quizá esa sea la paradoja definitiva del Terror de Robespierre: una revolución nacida para que los ciudadanos pudieran hablar terminó enseñándoles que, a veces, la única manera segura de conservar la cabeza es mantener la boca cerrada.
