Con esta frase, David Runciman, profesor de la Universidad de Cambridge, concluye su libro Política (Turner, 2014). Le tomó 184 páginas de violencia, tecnología, justicia y teorías futuristas de catástrofes mundiales, sustentar esa última sentencia que –con simpleza y potencia– concentra la idea central del texto: la revolución tecnológica-informática que vivimos (fielmente representada por las tecnocracias y las grandes empresas mundiales del ramo) ha hecho ver, en muchos aspectos, a la política, a los políticos y a algunos componentes del Estado moderno, como prescindibles.
Pero debilitar al Estado no es la solución; por más decepcionados que estemos los ciudadanos de la política, debemos hacerla y ejercerla hoy más que nunca, ya que hasta ahora es la única salida no (tan) coercitiva ni (tan) violenta para resolver disputas sociales.
Según el autor, “necesitamos más política y necesitamos más políticos” para sortear –juntos, como sociedades– los retos que, invariablemente, se seguirán presentando pero ahora en un contexto mundial hiperconectado: crisis económicas, guerras, cambio climático, hambruna, políticos estúpidos, etc. Cuando uno como mexicano lee este libro, no puede evitar imaginarse las catástrofes sociales o económicas que una (muy) mala política podría causar en nuestro país.
En las últimas semanas y meses, México no la ha pasado del todo bien. La economía nacional se ha visto afectada por la depreciación del peso frente al dólar (según Agustín Carstens, “las principales causas de esta depreciación son externas”). También, hace unos días, el titular del Coneval nos dio la noticia de que la pobreza en 2014 fue prácticamente la misma que en 1992, evidenciando el fracaso del combate sistemático contra ésta. Y en el tema de seguridad, según el experto Alejandro Hope, “en enero-julio (2015), los homicidios crecieron 2.3% con respecto al mismo periodo de 2014” (basándose en cifras del SESNSP). Un panorama poco alentador.
Pero Runciman también maneja otra idea sobre la vida de los países: a veces, para que algo empiece a mejorar, primero debe empeorar. En México, la creación del Sistema Nacional Anticorrupción no se puede explicar sin Ayotzinapa y la casa blanca (falta ley secundaria). Casos de endeudamiento de los estados –como el de Humberto Moreira en Coahuila– cimentaron la reciente Ley de Disciplina Financiera de Entidades Federativas y Municipios (falta ley secundaria).
Y para que se pudiera gestar la última reforma educativa (que creó el Sistema Nacional de Evaluación Educativa y el Servicio Profesional Docente), Elba Esther Gordillo primero debió secuestrar gran parte de la educación pública. Si bien estos esfuerzos aún deben probar su efectividad a largo plazo y fuera del papel, son cambios de la mayor relevancia que nacieron a partir de tocar distintos fondos. La tecnología nos ayudará, claro, pero sólo la política –la que paradójicamente nos orilló a estos fondos en un principio– nos permitirá salir por completo.
La moraleja del libro es –como su última frase– simple y potente: no todas las soluciones son únicamente políticas pero todas las soluciones requerirán política, por lo que el discurso antipolítico (“todos son iguales”, “los partidos no sirven”, “no voy a votar”, etc.) y los que lo promueven, únicamente nos estancarán. Esta visión le vendría bien a un México que, dolido, tiende a ver la política y a los políticos más como un obstáculo que como un mal necesario. En nuestro país, pues, la política –la de buena calidad– también sigue importando.
#FueraFuero
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