Shelley subtitula su novela Frankenstein como ‘el moderno Prometeo’ por una razón muy sencilla: Victor roba el fuego de la vida y luego no quiere hacerse cargo del incendio. Crea una criatura, se espanta de su propio experimento y huye. La novela, además, no es un simple relato lineal: un capitán rumbo al Polo Norte escribe cartas, Victor le cuenta su historia y, dentro de ella, la criatura exige la palabra. Tres voces, tres miradas y un mismo reproche: el verdadero horror no es el laboratorio, sino el abandono. El ‘monstruo’ aprende a hablar, a leer, a sentir, y lo que reclama no es sangre, sino algo mucho más modesto: un lugar en el mundo, una cabaña, una compañía. En la novela, la criatura aprende a leer y esa lectura alimenta su odio a su padre.
Del Toro recoge ese mito dos siglos después y le da forma de ópera gótica. Respeta la idea de las capas –barco atrapado en el hielo, Victor moribundo, criatura que cuenta su versión–, pero desplaza el foco: de la simple ‘hybris’ científica a la cadena de culpas familiares, abusos y paternidades rotas. Su Victor ya no es sólo un estudiante imprudente, sino un cirujano brillante, moldeado por un padre brutal y por intereses económicos que ven en la resurrección un negocio. Además, Del Toro recupera la inteligencia del la Criatura, que sí se encontraba en la novela y que muchas películas anteriores pierden. Ni en la novela ni en Del Toro, la criatura es ser un bruto y torpe, sino una figura alta, dolida, casi ascética, más cercana a un mártir romántico que a un espantajo de feria, aunque igualmente feo.
La película subraya su parentesco con la novela de manera escolar: se divide en un “Prelude”, seguido de “Victor’s Tale” y “The Creature’s Tale”. El guiño al libro es claro: primero el capitán, luego el científico, luego el ‘monstruo’. El problema es que la división es tan tajante que uno, como espectador, siente por momentos el teatrillo. La emoción viene tejiéndose como una confesión larga, y de pronto aparece un rótulo que recuerda en qué capítulo vamos. No arruina la película, por supuesto, pero deja a la vista la costura justo donde el mito pediría fluir como una sola larga queja de hijo a padre.
En el desenlace también se nota la diferencia de temperamento. Shelley termina en pura desolación: Victor muere, la criatura anuncia que se perderá en la oscuridad y que se destruirá a sí misma. Del Toro, en cambio, se permite un gesto más luminoso: hay perdón, hay un último acto de cuidado con la criatura empujando el barco hacia aguas seguras y queda la sensación de que, al menos esta vez, el hijo se atreve a romper el ciclo de violencia heredada. El moderno Prometeo del siglo XIX dejaba cenizas; el del siglo XXI deja, si no redención, sí la posibilidad de una despedida menos cruel.
Pero, más allá de las diferencias de tono, maquillaje y presupuesto, la pregunta de fondo es la misma en la novela y en la película. Cuando traemos algo al mundo, ¿estamos dispuestos a hacernos cargo de él? Shelley lo formuló en tiempos de galvanismo; del Toro lo repite en tiempos de algoritmos y plataformas. Lo inquietante es que, doscientos años después, seguimos tentados a hacer lo de Victor: encender el fuego, mirar al cielo y fingir sorpresa cuando el rayo nos cae encima.
