En la CDMX hay un “Árbol Juarista”.
Es un ahuehuete que tiene casi 116 años y fue sembrado en honor a Benito Juárez en Paseo de la Reforma, nada menos que por Porfirio Díaz.
Sí, aquel presidente que, dicen, le gritó “dictador” al Benemérito, pero que, señalan algunos historiadores, muy en el fondo lo admiraba.
Aunque la historia de los monumentos, dicen otros autores, tiene más que ver con una justificación o legitimación ante el pueblo.
El “Árbol Juarista” es uno de los homenajes del general Oaxaqueño, que al inicio de la Revolución tuvo que abandonar México, para morir en Francia, a su paisano, como lo es el hemiciclo de la Alameda Central.
Al paso de los años, sin que se planeara así, se construyó a un lado del árbol la sede del Senado de la República. En Reforma e Insurgentes.
El “Árbol Juarista” no sólo nos recuerda a Benito Juárez y a Porfirio Díaz. También nos muestra que no siempre quien usa la imagen de Juárez en público y en sus discursos, es congruente con esas palabras.
Hay que ver más allá de los discursos, y si hay congruencia entre el discurso y las acciones.
Al final de cuenta, aquellos que usan la imagen de Juárez para legitimarse, podrían actuar en sentido contrario.
La anécdota del ahuehuete y la historia que lo rodea trae a la memoria dos casos:
1.-La escena del futuro dictador que le grita “dictador” a Juárez, se parece mucho a la del político corrupto que acusa de corrupción a otro político. O la del político, poco transparente, que acusa de pertenecer a la delincuencia organizada a otros políticos.
2.-Y la escena de Díaz sembrando un ahuehuete y levantando el Hemiciclo a Juárez, se parece mucho a la del político que se la pasa parafraseando al Benemérito y en su discursos no deja de dar gracias a Dios.
No hay que olvidar nuestra historia, porque estamos condenados a repetirla.
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