Héctor Zagal, columnista.
Especial

Héctor Zagal (profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)

Lo he dicho antes, vale la pena recordarlo: cuando rueda la pelota el mundo no deja de girar ni la política se detiene. Ejemplos hay muchos.

En 1938, Austria no fue al mundial porque Hitler se la había merendado con el Anschluss. Austria entonces ya tenía una gran tradición futbolística y había clasificado, incluso había sido una potencia en los años treinta. De pronto dejó de existir como selección porque dejó antes de existir como Estado independiente.

Checoslovaquia sí jugó ese mundial. Todavía apareció en la lista de selecciones, vistió la camiseta y disputó partidos, pero cuatro años después la situación era compleja. Múnich, la mutilación territorial, la ocupación nazi, la guerra; todo estaba en pausa. No sería hasta 1950 que volvería el Mundial. Entre el campeonato de Italia en 1938 y el de Uruguay en 1950 hubo campos de concentración y exterminio, ciudades aplanadas por las bombas, fronteras redibujadas y millones de muertos.

Otro ejemplo claro llega en 1974, cuando Alemania Federal se enfrenta a la Alemania Democrática. Una nación partida en dos jugando noventa minutos bajo la mirada nerviosa de la Guerra Fría. La ironía fue perfecta. La Alemania comunista ganó el partido, pero Alemania capitalista ganó el mundial.

El punto es que hay partidos que son más que solo partidos. Argentina ganando a Inglaterra en 1986 pesa más por culpa de las Malvinas. Irán eliminando a Estados Unidos en el torneo de 1998 llevaba una tensión más allá de los 90 minutos de juego. Y ahora, en 2026, el balón vuelve a rodar en el tablero diplomático. Si no pregúntenles a los seleccionados de Irán, que bastante sufrieron su participación este verano con unos estadounidenses empeñados en dificultar su participación.

México, por su parte, enfrentará a Ecuador en medio de una ruptura diplomática. Y el motivo no fue poca cosa: en Quito se asaltó la embajada mexicana. Cuando la policía ecuatoriana entró por la fuerza en la sede mexicana, el conflicto dejó de ser un expediente judicial en la captura de Jorge Glas y se convirtió en una herida diplomática. Esperemos que en la cancha se juegue más limpio de lo que se hizo en lo político.

Cambian las banderas, cambian los muros, cambian los pleitos. Pero la cancha sigue siendo una pequeña ONU con porterías.

Profesor de la Facultad de Filosofía en la Universidad Panamericana