Héctor Zagal, columnista.
Especial

Desde ayer tengo dos historias clavadas en la cabeza. Una colega y amiga quedó atrapada en la carretera por 24 horas, varada entre bloqueos y miedo. Se resguardó junto con su familia, en una gasolinera a las afueras de Guadalajara. Fueron unas horas de terror. Ya dentro de la Guadalajara, a la hermana menor de uno de mis colaboradores le reventaron el transformador de la colonia y se quedó sin luz. Sé, por supuesto, que hay tragedias mucho mayores: muertos, heridos, gente que ha perdido su patrimonio, comunidades enteras aterrorizadas. No pretendo comparar ni poner estas anécdotas a la misma altura. Pero son las que tengo cerca, las que llevan nombre y rostro para mí, las que me recuerdan que la violencia no siempre llega en forma de titular estridente.

Tras el abatimiento de “El Mencho” en un operativo en Tapalpa, el Cártel Jalisco Nueva Generación respondió como mejor sabe: bloqueos, vehículos incendiados, ataques a fuerzas de seguridad en varios estados, desde Jalisco y Colima hasta Guanajuato y Michoacán. En ciudades como Guadalajara y Puerto Vallarta se suspendió el transporte público, se cerraron escuelas, se pidió a la gente que no saliera de casa y las imágenes del caos que se vive dieron la vuelta al mundo.

El futbol tampoco salió ileso. Los partidos de la Liga MX se pospusieron o se jugaron a puerta cerrada mientras afuera ardían camiones.  Y entonces aparece una pregunta incómoda, ¿qué pasa con el Mundial? La FIFA tiene previsto partidos en tres sedes mexicanas: Ciudad de México, Monterrey y, precisamente, Guadalajara.

Tras los bloqueos y las balaceras de Jalisco, empezaron a aparecer, primero en redes y luego en medios internacionales, voces que piden que la FIFA “reconsidere” la sede mexicana, o al menos los partidos en Guadalajara. No es la primera vez que se cuestiona la seguridad del país para albergar el torneo, pero el abatimiento de “El Mencho” le dio a la discusión un tono más urgente.

¿Podría la FIFA cancelar los partidos en México? En teoría, sí. Los contratos contemplan escenarios de fuerza mayor: guerras, desastres naturales, crisis de seguridad incontrolables, pero el umbral para tomar esa decisión es muy alto: implica pérdidas millonarias, conflictos diplomáticos y el reconocimiento implícito de que el país no puede garantizar el orden.

Por ahora, la respuesta oficial es la previsible. Las autoridades locales dicen tener “todo bajo control”; FIFA declara que “vigila la situación” y no contempla cambios; la presidencia insiste en que la violencia está focalizada y que el resto del país funciona con normalidad.

La pregunta de fondo, considero, no es si se puede cancelar, sino si sería deseable hacerlo. Hay argumentos para los dos lados. Unos dirán que el Mundial es oportunidad de mostrar un México distinto, de generar empleo, de obligar al Estado a ponerse serio con la seguridad en las sedes. Otros responderán que es obsceno organizar una gran fiesta del fútbol mientras hay regiones enteras donde la gente se tira al piso cuando oye un estallido, porque ya no sabe si es fiesta o ráfaga.

No se trata de cancelar el Mundial ni de abrazar el fatalismo de que “somos un caso perdido”. Se trata de no perder de vista la secuencia: el abatimiento de un capo suele marcar, más que un final, un nuevo comienzo. Y de preguntarnos qué tendría que pasar en el territorio para que, cuando llegue el primer silbatazo, la pregunta no sea “¿y si lo cancelan?”, sino simplemente: “¿de verdad era este el partido que queríamos jugar?”.

Profesor de la Facultad de Filosofía en la Universidad Panamericana