Foto:Especial|Comida picante
 

El 23 de marzo de 2020, México se congeló: suspensión de clases, cancelación de eventos masivos, recomendación de trabajo remoto. Un par de exalumnos míos tuvieron que casarse casi en secreto. De una fiesta planeada para 300 personas, pasaron a una ceremonia íntima con sólo los novios y sus padres.

La parálisis tuvo un costo económico altísimo, pero era necesario frenar el contagio. Aún no alcanzamos a comprender del todo las secuelas más profundas de la pandemia. Lo evidente permanece: miles de muertos. Y detrás de cada número, una ausencia irreparable. Cada muerte dejó un hueco imposible de llenar. Qué triste fue la Navidad del 2020: muchos lugares vacío en la cena de Navidad. Yo conozco de primera mano doce familias que perdieron a un ser querido durante los primeros meses de la pandemia.

Cientos de empresas cerraron. Con ellas, empleos formales que el país no se podía dar el lujo de perder. Un buen amigo había abierto un magnífico restaurante unos meses antes de la pandemia. El lugar quebró. Y con cada negocio que cerró, disminuyeron los impuestos que sostienen los programas sociales. La economía informal creció, pero sin ese tejido fiscal, ¿quién pagará la cuenta?

En muchos hogares, el encierro erosionó las relaciones. La convivencia forzada no siempre fortaleció lazos; a veces los agrietó. No es fácil compartir el mismo espacio durante tanto tiempo seguido. En más de una familia, las heridas siguen abiertas.

La brecha digital se hizo más ancha. Quienes tenían una buena conexión, un equipo de calidad y un espacio donde estudiar o trabajar, salieron adelante. Los demás quedaron rezagados. La pandemia fue injusta, pues lastimó más a los más pobres.

En lo personal, tuve suerte. Nadie cercano murió. Pero perdí proyectos, oportunidades, estabilidad. También gané algo: perspectiva. Aprendí a estar solo, a valorar a mi familia y a reconectar con amigos. Redescubrí la austeridad, porque tuve que recortar gastos y advertí que se puede vivir con menos. Me vi obligado a adaptarme rápidamente, a dar clases en línea, a tener juntas en la pantalla. Salí más eficiente de aquel túnel, creo.

Y entendí que la solidaridad empieza por lo mínimo: cuidarse para cuidar. Ponerse el cubrebocas. Lavarse las manos. Consultar al médico oportunamente. A veces, el bien de la comunidad se construye en silencio.

Hoy, lo que más temo no es la enfermedad, sino el olvido. Que pronto dejemos de hablar de lo que vivimos. Que nos quedemos con las anécdotas y olvidemos la lección.

¿Y ustedes? ¿Qué les quedó de todo aquello?

Profesor de la Facultad de Filosofía en la Universidad Panamericana

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