La mañana del 5 de febrero de 2026 pasará a la historia no por algún fallo revolucionario de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), ni por una defensa encendida de derechos humanos. No: lo que ha incendiado las redes sociales es un video donde, en pleno centro de Querétaro, una colaboradora se agacha para limpiar el calzado del ministro presidente Hugo Aguilar Ortiz, justo antes de un acto oficial por el 109 aniversario de la Constitución de 1917. Y sí: también un hombre lo hace con el otro zapato mientras el ministro espera, con las manos en los bolsillos.
No es una escena de película histórica ni una metáfora de texto barroco; es, según los testigos digitales, un refrescante recordatorio de cómo algunas jerarquías son tan antiguas como la misma costumbre de lustrar calzado aunque nadie pida ese servicio.
Lo peor, es que ni en la Tremenda Corte de Tres Patines hubo un caso como este, donde el no poder lustrar zapatos es reflejo de la falta de garantías en el poder judicial y algunos otros espacios oficiales.
Este hecho ha generado críticas generalizadas: para algunos, una grotesca exhibición de poder; para otros, un lamentable ejemplo de cómo aun se normalizan prácticas que evocan sumisión en el contexto laboral sobre todo para las mujeres, pero esta acción es más que un meme, es un sonido de alarma.
Porque, según datos de encuestas nacionales, alrededor de 3 de cada 10 mujeres en México han experimentado algún tipo de violencia en su vida laboral —incluyendo discriminación, acoso o agresión— por ejemplo la mujer embarazada representa una de las cinco principales causas de discriminación laboral, icluyendo despidos, reducción de sueldo o negativa de ascenso según datos del ENDIREH 2021; también el COPRED afirma que el 31% de las quejas por discriminación están relacionadas al embarazo.
Traducido sin eufemismos: una proporción significativa de mujeres trabaja en entornos donde, si no se les trata con respeto, se les exige sumisión, se les margina o acosa.
¿Una “Corte del Pueblo”?
Este episodio ocurre cuando la misma Corte intenta presentar una imagen de cercanía y justicia al pueblo. La propia SCJN difundió en su momento discursos sobre igualdad y protección de los derechos del débil frente al fuerte. Pero son solo discursos, por que la misma SCJN impulsa el acabar con la vida de una Niña o un Niño en el vientre de su Madre
donde el débil e indefenso no tiene voz y el acto de acabar con su vida le es otorgado a un Goliat ideologizado.
Pero la imagen de alguien —en este caso, una mujer con tacones y atuendo formal— inclinada para limpiar el calzado de un funcionario de alto rango, contradice cualquier declaración institucional sobre respeto, igualdad y dignidad en el trabajo.
Sí, puede que la escena tenga una explicación mundana —un zapato sucio, un descuido, una ayuda prestada—, pero el simbolismo no se puede borrar con frases sobre austeridad o dignidad constitucional.
La pregunta que nadie quiere responder
Mientras los zapatos vuelven a relucir en redes —con memes, chistes y titulares sensacionalistas—, la verdadera cuestión queda flotando en el aire:
¿Por qué, en pleno siglo XXI, normalizamos —y hasta justificamos— prácticas que evocan servilismo en el lugar de trabajo, particularmente hacia mujeres?
No es la lustrada en sí lo que duele, sino lo que puede representar: el eco de una cultura laboral donde la subordinación femenina, la jerarquía rígida y la violencia simbólica todavía se consideran “parte del show oficial”.
Y eso, definitivamente —por sarcástico que suene—, debería molestar más que unos zapatos bien pulidos.
Pero en fin… ¿Quién resolverá este Tremendo Caso?
