Nicolás Maduro se estrenó como presidente intolerante la noche del domingo. El martes anterior, cuatro horas antes de que él mismo llorara frente a la audiencia global la muerte de Hugo Chávez, ya había dado cátedra de Historia de contraespionaje en la Guerra Fría, al asegurar que el cáncer del presidente fue programado, quizá en Silicon Valley, para depositar sustancias tecnológicas destructivas en el interior del cuerpo. Es la posguerra biológica de la que Aldous Huxley ya no le dio tiempo de incluir en su mundo feliz. Para fortuna de Maduro, Steve Jobs se encargó de revelar la creatividad de los pobladores del mundo de la ciencia ficción para mutar del ADN programable hacia la guerra lúdica tecnologizada. Ahora, las guerras onirizantes ocurren con mayor sutileza que aquellas muestras poco representativas en época de la Guerra Fría en la que a los enemigos ideológicos se les abatía con veneno para rata incubada en la punta de un bolígrafo.
Pocos minutos después de que Henrique Capriles confirmara su voluntad de participar como candidato de la coalición de partidos Mesa Democrática, y que hiciera explícita su duda sobre la fecha en que murió Chávez, Maduro enfureció y ordenó a los medios a enlazar en cadena nacional a su propia imagen para distribuirla. El mensaje era importante: “No sabe con quién se mete”, le dijo el “hijo de Chávez” al “señor de los apellidos” (aquí Maduro realizó una sinapsis de clases sociales al dar entender que el opositor Henrique Capriles es un burgués que no merece recibir el apoyo de los venezolanos).
En la estrategia (y al mismo tiempo guerra en contra de Capriles) onirizante de Maduro, el próximo presidente de Venezuela será Hugo Chávez. Nicolás será su simple brazo ejecutor: el burócrata tendrá como actividad cotidiana reuniones con mandatarios pro chavistas, leer dictados en contra de la oligarquía que desea apropiarse de las riquezas del país y bañarse al vapor de las calles; no habrán informes, serán misas de Gobierno. Todo procedimiento administrativo, reforma de ley u oficio será tramitado bajo la estricta observación de Hugo Chávez. Venezuela se convertirá en la primera necrocracia del mundo.
El Museo de la Revolución de Caracas tendrá una atmósfera de una basílica cuyo nombre ya no es necesario escribir. La fe oclocrática se resquebraja por la cruda realidad de la concupiscencia de los ancianos curas sobre menores de edad, así que la mejor decisión de Maduro fue la de embalsamar el frío cuerpo de Chávez para que “el pueblo” no pierda la fe en él conforme avancen los años. Santo súbito sin la necesidad de competir en el mercado negro de la venta de santos de yeso fabricados en China.
Para Maduro la fe en Chávez es superior a las reglas de la democracia. Así que seis años de gobierno no se pueden prometer bajo los ojos de Chávez. La necrocracia, pronto, se convertirá en la dictadura soft de personajes similares a Maduro.
Fue la noche del domingo cuando Maduro le declaró a Capriles la guerra onirizante en cadena nacional: Capriles es pecaminoso por provenir de una familia “burguesa”. Los efectos mediáticos ya son equiparables a los de la droga dura o de las químicas tachas..
En la necrocracia de Maduro no permitirá que “el señor de los apellidos” tenga un departamento en Nueva York (valuado por el propio Maduro) en cinco millones de dólares; perseguirá judicialmente a Capriles por atreverse a dudar sobre la fecha de la muerte de Chávez; enviará a Silicon Valley a un comité de especialistas en guerras lúdicas tecnologizadas para encontrar la fórmula de la ludogénesis beligerante con la que Estados Unidos atacó al cuerpo del comandante Chávez.
Cuando pensábamos que en política no hay nada que inventar, nació la necrocracia latinoamericana.
