Al parecer, las vacaciones reales o ficticias (puentes) no tienen cabida en el tiempo real. La correlación es clara, el estrés se acumula por el incremento de las presiones endógenas y exógenas; economía, trabajo y familia se convierten en una especie de Triángulo de las Bermudas para el sistema nervioso. Si la economía doméstica sufre de anemia, la relajación familiar desaparece súbitamente; si el desempleo sorprende a los trabajadores, la economía ingresará a un túnel oscuro. De manera exógena, los índices globales de confianza en materia financiera son trastocados por las indicaciones de Wall Street o la City de Londres. Para quienes tienen desarrollado el músculo internacionalista, la situación en Siria, Pakistán, Afganistán y un largo etcétera, también agrega grasa al sistema cardiovascular.
David Cameron y su viceprimer ministro, el liberal Nick Clegg, no se pusieron de acuerdo para intercalar sus vacaciones, una regla no escrita en Gran Bretaña para asegurar que uno de los dos se queda al frente del gobierno. Ambos decidieron marcharse de vacaciones dejando al frente del gobierno a William Hague, ministro de Exteriores. Las críticas de los ultramontanos no se hicieron esperar. Ni modo. Cameron viajó a Faro, Portugal y Clegg decidió visitar la tierra de su esposa, Olmedo, Valladolid, y también viajará a Francia porque “los niños han crecido y quieren algo menos polvoriento para variar”, bromeó (La Vanguardia, 11 de agosto). Para asimilar las vacaciones en épocas de crisis económica, Cameron viajó a Portugal en un vuelo de bajo costo (Easy Jet). Desde que en 2011 el ministro de Hacienda, George Osborne, se fuera a esquiar bajo un plan de vacaciones VIP, justo en el momento del quiebre económico en Europa, los políticos británicos se dejan ver en vuelos de bajo costo.
El presidente Obama decidió darse una pausa en el caso Snowden y viajó hace dos días a la isla de Martha’s Vineyard (Massachusetts) para instalarse en casa del financiero David Schulte. Si le echamos un ojo al récord de asuetos de George W Bush con el mismo número de días en el gobierno del actual presidente: 399 por sólo 87 de Obama, las vacaciones son merecidas. Donald Trump (siempre a través de la cadena de noticias Fox) criticó al presidente por haber elegido un lugar al que pocos estadunidenses pueden viajar. Ni modo, las críticas nunca desaparecen.
“No hay eventos públicos programados”, avisa la Casa Blanca. El espejo de la vanidad democrática, llamada encuesta, sitúa a Obama en 45% de aprobación y 50% de notas rojas. Después de tres meses sin aparecer frente a los medios de comunicación, y bajo una atmósfera pre vacacional, la semana pasada Obama sorprendió con la siguiente declaración: “Dado el historial de abusos del Gobierno, creo que es legítimo cuestionar los programas de vigilancia” (Político, 10 de agosto).
François Hollande pidió a sus ministros vacacionar en un radio menor a las dos horas de París. “El desempleo no toma vacaciones”, dijo el presidente. En realidad, Hollande estará a media hora del Elíseo, muy probablemente viajará a Lanterne, muy cerca de Versalles. Al sociólogo Jean Viard no le gusta la estrategia de comunicación de Hollande: “Es una mala señal enviada a los franceses”, ya que Francia otorga un sentido positivo a la palabra loisir (ocio).
Mariano Rajoy tratará de olvidarse de Bárcenas en la comarca del O Salnés, en Pontevedra. Como le sucede a Obama, al mirarse ante el espejo de la vanidad, los números de Mariano Rajoy lo desfiguran. Sólo 44% de los ciudadanos que hace menos de dos años votaron por él, lo volverían a hacer.
En efecto, las vacaciones en tiempos hiperreales se disipan. Las prótesis tipo iPhone provocaron que el sistema nervioso se asimile al tiempo de ocio o real. Al parecer, los efectos entre políticos son más dañinos. Así que las vacaciones de los arriba mencionados son necesarias, a pesar de que la actuación la lleven en su maleta, porque viajar en Easy Jet o hacerlo a tan sólo media hora de la oficina, también es comunicar.
