Nunca había sido aficionado a las series, hasta que mi pareja empezó a compartirme algunas: El Capo, Escobar, Rosario Tijeras, Prision Break, Breaking Bad. Con dos de estas series he encontrado particular adicción (El Capo y Breaking Bad). Hace unos 10 días fui yo el que escogió una serie para ver, House of Cards, y en una serie de borracheras televisivas me vi los primeros 26 capítulos, correspondientes a las dos temporadas que se han exhibido hasta el momento.

 

El protagonista de la serie, Francis Underwood, interpretado por Kevin Spacey, es un político maquiavélico capaz de destruir a quien no le sirve, pero sin duda capaz de reconocer y recompensar lealtades. Cuando lo veo, repaso entre los políticos mexicanos quién pudiera ser el más cercano a la personalidad de Francis. Me saltan varios nombres.

 

Terminé de ver la segunda temporada de House of Cards horas después de la detención de Joaquín El Chapo Guzmán. La diferencia entre las fotos de hace 20 años y las del sábado, a pesar de algún parecido, nos vuelve a las dudas de siempre: dos Chapos, dos Aburtos, dos Señores de los Cielos. Lo cierto es que siempre ha habido más de dos Francis Underwood capaces de construir historias paralelas a la realidad.

 

La fuga de Joaquín Guzmán Loera hace 13 años requirió de la complicidad de decenas de personas. No sabemos hasta qué niveles del gobierno federal estuvieron involucrados. Por momentos parecía que El Chapo era el narcotraficante oficial, aquel con el que se pactaba y se construía la paz nacional. Los territorios del Chapo lucían más tranquilos que otras zonas en disputa: el noroeste del país mejorando la seguridad mientras Tamaulipas o Michoacán se volvían zonas intransitables.

 

Los tiempos de la captura del Chapo Guzmán también suenan interesantes. En las últimas dos décadas las capturas de varios capos coincidieron con momentos en los que desde Estados Unidos se cuestionaba el desempeño de México en el combate al narcotráfico. Era como si en la Procuraduría General de la República tuvieran el directorio telefónico de los personajes más buscados y cuando las presiones arreciaban entregaban al siguiente de la lista.

 

Esta vez parece ser que también hubo un timing, o mejor dicho un Time: la portada de una revista presentando a Peña como el salvador de México, la visita relámpago de Obama a Toluca y finalmente la prueba fehaciente de que Peña salvó a México. De pronto Francis Underwood no trabaja en la Cámara de Diputados, sino en la Presidencia, en Gobernación o en la PGR.

 

Debo decir que como mexicano me indigna la portada de Time. Pensar que un solo hombre tiene capacidad para salvar al país, tras 12 años en los que el barco se hundía, es ridículo. Un ejército de clones de Francis Underwood se dedicó a poner obstáculos y tentaciones económicas y de poder a una bola de ineptos seudopanistas. Un ejército de clones de Francis Underwood ahora se alía y soluciona los problemas de un sistema político que a veces pareciera operar como reloj suizo.

 

No puedo saber si el Chapo es el Chapo, pero puedo suponer que sí; no puedo saber si el Señor de los Cielos, Mario Ruiz Massieu, Hitler o Elvis Presley viven; no puedo saber si Aburto realmente es el asesino de Colosio. El poder tiene sus cortinas de humo. Los ovnis y los “chupacabras” aparecen en este país cada que la verdad es confusa. Así es como opera el poder. Sólo debería creer en las instituciones, pero los aviones de Tijuana a México hacen escalas cuando llevan a un detenido (uno de los Francis Underwood mexicanos lo interroga). Creo y no creo.

 

En teoría la detención del Chapo es algo más que justicia por décadas de impunidad en el tráfico de drogas y los homicidios que conlleva. En teoría la detención del Chapo abre esperanzas para la reducción del tráfico de drogas, pero la realidad es que no, en el mejor de los casos tendrá impactos en precios y disponibilidad de productos ilegales. En el peor, significa otro cártel disgregado para que sus miembros puedan dedicarse no sólo al narcotráfico sino también a la extorsión y los secuestros.

 

Desde la gran detención de Caro Quintero en 1985 hemos visto un gran desfile de capos por las salas de trofeos de la PGR, la Marina o el ejército. Los cárteles se disgregan, la violencia también. Los Francis Underwood sólo mueven sus fichas y al final sólo dan dos simbólicos golpecitos en la mesa cuando toman una decisión. No estamos invitados.