Héctor Zagal
(Profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)
El domingo, Claudia Sheimbaum rompió lanzas. No con la oposición, eso es parte de la rutina. Rompió con Washington. Lo hizo desde el Monumento a la Revolución, con la plaza llena, el tono alto y una frase folclórica “México no es piñata de nadie”. Debemos aplaudir la defensa de la soberanía –faltaba más– y, al mismo tiempo, preguntarnos si ayer no se cruzó innecesariamente el Rubicón innecesario.
Un asunto es defender a México de la CIA y otro asunto muy distinto es llevar la relación al enfrentamiento. Estados Unidos tiene una larga historia de confundir cooperación con tutela. Durante el siglo XIX y XX hicieron lo que les pego la gana en Hispanoamérica. Lo sabemos, pero no ayuda fingir que toda pregunta incómoda sobre narcotráfico y funcionarios públicos sea automáticamente una maniobra imperial. Defender la soberanía no exime de responder preguntas. Al contrario. En pro de la justicia se hace indispensable que nuestras instituciones sean capaces de investigar con seriedad a los propios.
En el discurso de ayer pareció asomarse una preocupación: ¿quiénes más están en las listas del Departamento de Justicia norteamericano? ¿Qué nombres conocen allá que aquí se administran en silencio? “Vienen por unos, luego por otros, hasta que oficinas del Departamento de Justicia se vuelven el principal elector en México”, dijo el ejecutivo federal. Ahora bien, ¿por qué existen tantos expedientes posibles? ¿Por qué hay tantas zonas grises donde una acusación extranjera puede incendiar la política nacional? Estas tampoco son preguntas retóricas.
El momento, además, no podría ser peor. México llega a una etapa delicadísima de negociación y revisión del T-MEC. Una mano ganadora incluye confianza, reglas, inversión y señales de estabilidad. Los inversionistas, que no son precisamente lectores de Ramón López Velarde sino criaturas nerviosas del Excel, suelen reaccionar mal cuando la relación con el principal socio comercial se ve amenazada. Las calificadoras tampoco tienen gama de conmoverse con arengas soberanistas. Es decir, los lazos económicos se debilitan cuando la política exterior baila al ritmo de la épica en lo doméstico.
México no debe arrodillarse ante Washington, es verdad. La Dra. Sheinbaum decidió que la defensa contra la injerencia será una de las grandes narrativas de su gobierno. Eso puede darle cohesión a su base, puede ordenar el relato oficial y puede desplazar, por un rato, las preguntas más ásperas sobre la seguridad pública. Una jugada poderosa. También peligrosa.
Cruzamos el Rubicón. Luce magnífico como pintura patriótica, histórica. El problema viene después, cuando el río queda atrás y ya no hay manera de componer el camino. Al final del día, lo que importa es el Gini, el PIB, la balanza de pagos, la inflación, la movilidas social y, por supuesto, la seguridad en la calle.
