El mundo ha tomado la forma de un gimnasio óptico. Un músculo poco narcisista. No es la estética la que vincula al ojo con el poder, es el poder del ojo quien lo vincula con la información. Empédocles y sus 4 elementos han quedado rebasados por el quinto, la información.
El baile de los dedos de las manos sobre pantallas de tabletas y teclados colaboran con los buscadores de información. Las fuentes de información ya no sufren de discriminación como sucedía en la época del Cuarto Poder.
Bienvenidos a Muscular, los ojos de todos o, si se prefiere, nuestros ojos son controlados por otros ojos que los nuestros no ven. En la zona del vapor se desaparecen huellas, en el sauna se queman sospechas. El layout lo diseña la NSA.
El costo de oportunidad es el valor del bien rechazado; si elegimos A sobre B, B tiene un valor, y en este ejemplo, es el rechazado.
Si detrás de Google alguien nos espía, seguiremos utilizándolo ya que el costo de dejar de hacerlo, hoy en día, es altísimo. Nuestro cerebro ha adoptado a Google como una especie de prótesis inteligente, rápida y barata. Elegir Yahoo! en lugar de Google tampoco es de fiar. The Washington Post publicó hace algunas horas que el programa de espionaje Muscular se encarga de fortalecer el músculo del ojo a través de buscadores populares. La NSA es la óptica más grande del mundo. Existió una época en la que la confianza se vinculaba con el asombro que provocaba Google. El reloj de conteo de búsqueda era genial. Jugar a buscar una palabra en cuestión de segundos era algo similar a la promesa de entrega de pizzas de Domino's.
Muscular nos enseña que frente a nuestros ojos no solo se encuentra la pantalla de la computadora; detrás de ella se encuentran los ojos de la NSA, la agencia de investigación tan meta milagrosa como meta constitucional.
Según Rosental C. Alves, "La principal diferencia entre Google y los medios convencionales es que Google trabaja a partir de la perspectiva del usuario; y las empresas de medios trabajan desde la perspectiva de los productos (La explosión del periodismo, Ignacio Ramonet, 2011). Eso ocurría quizá hace dos años pero bajo Muscular, Google se ha ganado una nueva acepción: centro de recolecta informativa.
La discrecionalidad tecnológica dejó de existir, tal vez en la Guerra Fría; no solo es Angela Merkel un sujeto tecnológicamente localizable debido a su elevado grado de responsabilidad política de unos de los países torales del planeta; es Juan Fulano y Mengano Hernández, personajes que pueden aportar importante información con tan solo ingresar a Google.
Si en la Guerra Fría la información encriptada era totalmente política, hoy la ecología social es sujeta a la duda. En la ecología social participamos todos: del individuo humilde que recarga su teléfono celular a través del pedaleo de su bicicleta en India, al presidente de un país europeo. Las guerras por la información llegaron antes de que Hollywood lo sospechara.
Después del 11 de septiembre de 2001 los aeropuertos mutaron ha Centros Inteligentes de Sospecha. Hoy los buscadores fonéticos que ayudan a recolectar sonidos terroristas, tipo Google sound, podrían estar instalados en las salas de espera del John F. Kennedy.
El presidente Obama ya no puede responder a los cuestionamientos que lo vinculan a la NSA. El ecosistema de la sospecha no se lo permite. No esperemos a que él salga frente a las cámaras para explicar lo que hace la NSA. Frente a él se encuentran los ciudadanos de la oclocracia, contentos, escribiendo tonterías en Google. Buscando para no encontrar tiempo perdido. Orgullosos de que desde un Samsung se conquiste al mundo.
Obama ha trascendido al interrogatorio mediático porque frente a él tiene al verderón poder del siglo XXI: la acumulación de información.
Atrás quedaron los años del primero, segundo, tercero, cuarto o quinto poderes. La NSA se puede vestir de Google (como El Roto en El País lo ha dibujado extraordinariamente) para devorar.
Tampoco nos debemos de sentir espiados. La banalidad nunca será materia de sospecha. Lo peor es, quizá, la sensación de no estar solos en nuestros momentos de escritura privada.
